miércoles, 24 de octubre de 2012

EL DÍA QUE LOS CIERVITOS MORDIERON A LOURDES

Salimos muy temprano. Hay que aprovechar el día, que los autobuses de turistas nos van pisando los talones.
Cogemos el tren para Nara antes de las 7 y allí nos plantamos a las 8. Lo primero es pasar por el Ryokan Matsumae, un agradable lugar en el que vamos a estar muy cómodos.
Con un buen desayuno cogemos fuerzas y nos adentramos en el bosque para recorrer los templos.

Nara es importante porque fue la primera capital de Japón. Este periodo aunque escaso (710-794) mostró la necesidad de concentrar el poder en una ciudad. Después de ésta, fue Kioto la capital durante 1.100 años. En un turbulento periodo entre los s. XI y XIII se considera que el poder se concentró en Kamakura, aunque Kioto nunca dejó de ser capital. Tras Kioto llegó el turno de la actual Tokio (antiguamente Edo), que en 2018 cumplirá 150 años.

Volviendo a Nara, el periodo en que ésta ostentó el poder fue uno de los más prósperos para las artes, ciencias, avances. Nara conserva este interés por las artes y muchos vestigios de su esplendor.

Además, Nara es famoso porque su bosque, Nara-koen, está literalmente ocupado por lindos ciervitos.


Los ciervos son mensajeros de uno de sus dioses shintoistas, por eso están protegidos y campan a sus anchas. Suelen ser pacíficos y amigables hasta el momento que ven aparecer una galleta. Dado el caso se lanzan al ataque, muerden, dan tirones, comen ropa... cualquier cosa para llamar tu atención y conseguir la preciada galleta. Yo lo he sufrido. Mientras tanto, Isma intentaba mantener la cámara firme aunque no podía parar de reír.


Después del paseo por el bosque y el ataque de los ciervitos, llegamos al primer templo, Todai-ji.

La puerta de entrada está protegida por enormes estatuas de guardianes celestiales, que dan más miedo que tranquilidad.


El enorme pabellón es lo primero que nos atrae la atención.




No es nada comparado con lo que alberga dentro: la imagen de Buda de mayor tamaño en Japón.




Al acceder al edificio se tiene que levantar la mirada para abarcar su gran tamaño. A diferencia de muchos de los Budas vistos, éste no está bañado en oro, su color es oscuro. Así pierde la apariencia divina y se vuelve más humano, más cercano. La escultura mide 16 metros, el pétalo de la flor de loto sobre la que está sentado, más de tres metros.

Salimos aturdidos del pabellón y como resultado Isma se compra una camiseta con una de las más bellas frases de un importante sutra (texto sagrado) del budismo.

Algunos edificios del complejo de Todai-ji nos dejan bonitas vistas de la zona.



El camino nos lleva junto a pequeños altares shintoistas y budistas que nos aportarían mucha relajación de no ser por los cientos de miles de niños que gritan a causa de los ciervos.

Por fin llegamos al magnífico templo shintoista que hizo de este parque un lugar tan especial, el templo Kasuga Taisha. Un camino de faroles de piedra nos indicó que nos estábamos acercando.




El lugar está alejado de cualquier carretera, en el centro del enorme parque. Sin embargo, éste conserva mucha vida. Vemos llegar a familias con niños pequeños vestidos con su kimono de ceremonias. Los niños son llevados al templo para ser bendecidos con cinco años, las niñas, con la edad de tres y siete años.


El recinto cuenta con un patio en el que desde hace unos ocho siglos se celebran ceremonias y bailes. Son lugares llenos de alegría, luz y color.

Además de los faroles de piedra, otros de bronce decoran el interior del templo. Cada uno tiene un diseño particular, muchos inspirados en la naturaleza.



Para contemplar su belleza, en una habitación oscura están algunos de ellos encendidos.



El resto del parque nos permite distraernos con pequeños altares y faroles de piedra, sin el alboroto de los colegios. El paseo acaba justo a la hora de comer, así que disfrutamos de un buen plato de soba en uno de los restaurantes más caseros de Nara.




La tarde se merece una siesta y un paseo con la puesta de sol. El templo Kohfuki-ji está en el centro de la ciudad y tiene un gran valor debido a su pagoda. Lo visitamos tan sólo por fuera, en un agradable paseo de tarde.






Nos adentramos nuevamente en el Nara-koen, a 10 minutos del hotel, y esta vez recorremos su zona sur. Aquí, lejos de ciervitos y escolares encontamos un mirador para avistamiento de aves, y un lugar único para ver los últimos rayos del sol.



Recorremos ahora el pueblo, cuando se ha hecho de noche. Vamos al barrio Naramachi, que conserva casas antiguas, parecidas a las de Gion en Kioto. Encontramos un pequeño y moderno bar donde se puede degustar el sake de Nara. Pero cierran a las ocho y sólo nos dejan quince minutos.

Nara cuenta con su típica galería cubierta, que tanto gusta a los japoneses. Caminamos por ella, hacemos algunas compras y cenamos allí. En el restaurante hay todo tipo de comics.



Mañana daremos el gran salto a Koyasan.