Cogemos el tren para Nara antes de las
7 y allí nos plantamos a las 8. Lo primero es pasar por el Ryokan
Matsumae, un agradable lugar en el que vamos a estar muy cómodos.
Con un buen desayuno cogemos fuerzas y
nos adentramos en el bosque para recorrer los templos.
Nara es importante porque fue la
primera capital de Japón. Este periodo aunque escaso (710-794)
mostró la necesidad de concentrar el poder en una ciudad. Después
de ésta, fue Kioto la capital durante 1.100 años. En un turbulento
periodo entre los s. XI y XIII se considera que el poder se concentró
en Kamakura, aunque Kioto nunca dejó de ser capital. Tras Kioto
llegó el turno de la actual Tokio (antiguamente Edo), que en 2018
cumplirá 150 años.
Volviendo a Nara, el periodo en que
ésta ostentó el poder fue uno de los más prósperos para las
artes, ciencias, avances. Nara conserva este interés por las artes y
muchos vestigios de su esplendor.
Además, Nara es famoso porque su
bosque, Nara-koen, está literalmente ocupado por lindos ciervitos.
Los ciervos son mensajeros de uno de
sus dioses shintoistas, por eso están protegidos y campan a sus
anchas. Suelen ser pacíficos y amigables hasta el momento que ven
aparecer una galleta. Dado el caso se lanzan al ataque, muerden, dan
tirones, comen ropa... cualquier cosa para llamar tu atención y
conseguir la preciada galleta. Yo lo he sufrido. Mientras tanto, Isma
intentaba mantener la cámara firme aunque no podía parar de reír.
Después del paseo por el bosque y el
ataque de los ciervitos, llegamos al primer templo, Todai-ji.
La puerta de entrada está protegida
por enormes estatuas de guardianes celestiales, que dan más miedo
que tranquilidad.
El enorme pabellón es lo primero que
nos atrae la atención.
No es nada comparado con lo que alberga
dentro: la imagen de Buda de mayor tamaño en Japón.
Al acceder al edificio se tiene que
levantar la mirada para abarcar su gran tamaño. A diferencia de
muchos de los Budas vistos, éste no está bañado en oro, su color
es oscuro. Así pierde la apariencia divina y se vuelve más humano,
más cercano. La escultura mide 16 metros, el pétalo de la flor de
loto sobre la que está sentado, más de tres metros.
Salimos aturdidos del pabellón y como
resultado Isma se compra una camiseta con una de las más bellas
frases de un importante sutra (texto sagrado) del budismo.
Algunos edificios del complejo de
Todai-ji nos dejan bonitas vistas de la zona.
El camino nos lleva junto a pequeños
altares shintoistas y budistas que nos aportarían mucha relajación
de no ser por los cientos de miles de niños que gritan a causa de
los ciervos.
Por fin llegamos al magnífico templo
shintoista que hizo de este parque un lugar tan especial, el templo
Kasuga Taisha. Un camino de faroles de piedra nos indicó que nos
estábamos acercando.
El lugar está alejado de cualquier
carretera, en el centro del enorme parque. Sin embargo, éste
conserva mucha vida. Vemos llegar a familias con niños pequeños
vestidos con su kimono de ceremonias. Los niños son llevados al
templo para ser bendecidos con cinco años, las niñas, con la edad
de tres y siete años.
El recinto cuenta con un patio en el
que desde hace unos ocho siglos se celebran ceremonias y bailes. Son
lugares llenos de alegría, luz y color.
Además de los faroles de piedra, otros
de bronce decoran el interior del templo. Cada uno tiene un diseño
particular, muchos inspirados en la naturaleza.
Para contemplar su belleza, en una
habitación oscura están algunos de ellos encendidos.
El resto del parque nos permite
distraernos con pequeños altares y faroles de piedra, sin el
alboroto de los colegios. El paseo acaba justo a la hora de comer,
así que disfrutamos de un buen plato de soba en uno de los
restaurantes más caseros de Nara.
La tarde se merece una siesta y un
paseo con la puesta de sol. El templo Kohfuki-ji está en el centro
de la ciudad y tiene un gran valor debido a su pagoda. Lo visitamos
tan sólo por fuera, en un agradable paseo de tarde.
Nos adentramos nuevamente en el
Nara-koen, a 10 minutos del hotel, y esta vez recorremos su zona sur.
Aquí, lejos de ciervitos y escolares encontamos un mirador para
avistamiento de aves, y un lugar único para ver los últimos rayos
del sol.
Recorremos ahora el pueblo, cuando se
ha hecho de noche. Vamos al barrio Naramachi, que conserva casas
antiguas, parecidas a las de Gion en Kioto. Encontramos un pequeño y
moderno bar donde se puede degustar el sake de Nara. Pero cierran a
las ocho y sólo nos dejan quince minutos.
Nara cuenta con su típica galería
cubierta, que tanto gusta a los japoneses. Caminamos por ella,
hacemos algunas compras y cenamos allí. En el restaurante hay todo
tipo de comics.
Mañana daremos el gran salto a
Koyasan.