martes, 16 de octubre de 2012

ANCESTROS Y TRADICIONES

Abandonamos Nagoya a primera hora de la mañana. La visita fue fugaz y sabemos que hubo cosas interesantes que no pudimos ver, pero los viajes son así. 

A lo que sí que no renunciamos es al metro en hora punta. Son sólo dos paradas pero el trayecto Sakae-Nagoya con mochilas a las 7 a.m. es una aventura. Así que decido abandonar a Isma y acomodarme en mi vagón de mujeres, menos concurrido.

La estación de Nagoya no tiene descanso, cada tren mueve a cientos de personas que desembarcan en la estación central y recorren los pasillos a un ritmo rápido y uniforme, en un movimiento coordinado.

El recorrido entre Nagoya y Takayama ocupa más de dos horas, es un bonito trayecto por un valle entre montañas, junto al curso del río. El camino con tan buenas vistas se hace distraído y conseguimos aguantar sin dormir. 


En Takayama decidimos alquilar bicis para movernos. En Japón la circulación es por la izquierda, así que se necesita una alta concentración al pedalear o rápidamente nuestro subconsciente nos hará saltarnos todas las normas del país. Un problema añadido es que el tamaño de Isma no le permite encontrar fácilmente una bici de alquiler. Tras visitar varias tiendas, decidimos conformarnos con unas bicicletas aceptables para un día de recorrido. 

El primer destino es el poblado de Hida No Sato. En este lugar se encuentran muchas de las antiguas casas de la región usadas como viviendas en la época Edo. Son características y únicas en Japón por su tejado en forma de V invertida, esto es debido a las fuertes nevadas que se dan en esta zona. Esta forma de tejado les da nombre a las casas, gassho zukuri, gassho significa manos juntas, en una expresión de rezo.




El entorno es perfecto, las casas se sitúan alrededor de un pequeño lago con cisnes y carpas.


En este enclavamiento se intentaron reunir todas las casas que sobrevivieron a periodos de guerras, incendios y terremotos. Por último, la construcción de un pantano habría acabado definitivamente con ellas. Para evitarlo las casas que quedaban en la región fueron desmontadas y traídas aquí.
Las viviendas son amplias, porque en ellas habitaban varias generaciones de una misma familia. Debido a su forma tienen varias plantas. En la planta baja estaba el fuego permanentemente encendido y alrededor de éste tenía lugar toda la vida de la familia. El fuego secaba las alimentos e hierbas, prevenía de insectos, reforzaba las vigas y sobre todo, les calentaba. Eran viviendas cómodas para la vida porque gran parte del año pasaban el día entero dentro. Las siguientes plantas estaban destinadas al trabajo con la seda. Criaban gusanos y con la seda obtenida realizaban utensilios y ropas.


El paseo por el entorno se alarga porque en otoño se disfruta especialmente del paisaje de colores, rojo, amarillo, verde.

Volvemos a coger las bicis y atravesamos todo el pueblo. Paramos cinco minutos para comer algo en una pastelería, tomamos una especie de pan rodeado de un alga que pica mucho. ¡Qué malo está!

Llegamos con el tiempo justo para visitar el teatro Karakuri, un arte que se conserva desde el s. XVI. La actuación está a cargo de marionetas mecánicas que son manejadas con hilos pero éstos no están a la vista, así que es una especie de magia la que les permite moverse. Los muñecos hacen acrobacias, luchan, bailan la danza del dragón o escriben textos. Sus movimientos nos dejan con la boca abierta, más aún si pensamos que este sistema se creó hace unos 500 años.



Nos queda una tradición más que conocer, los Matsuris, o festivales. Estos se dan por todo el país y los japoneses se vuelven locos cuando llega la fecha del Matsuri de su ciudad. El festival de Takayama es bastante importante, un conjunto de carrozas de los s. XVI a XVIII, sale a las calles a celebrar las fiestas, la gente se pone sus trajes de gala o de época y acompaña al festejo. Es un festival de tradición donde se mezcla el shintoísmo, la religión, con diversión. La decoración de las carrozas está muy cuidada, detalles de oro, seres mitológicos, marionetas Karakuri y tambores. Da pena no coincidir con alguna de estas celebraciones.

A la salida del museo el sol se pone, son las 5 de la tarde. Los colores del otoño con los últimos rayos del sol en el santuario Sakurayaga Hichimangu dejan unas imágenes magníficas.

Esta zona está repleta de templos, visitamos alguno más antes de que se cierre la noche, en la zona de Higashiyama.

Pasamos por el hotel para relajarnos en el Rotemburu, un baño de aguas termales que se encuentra a la intemperie. Era costumbre en el antiguo Japón utilizar los baños públicos como medio de relajarse y también de conversar con desconocidos o amigos. El rotemburu del hotel es la adaptación moderna de esta antigua costumbre. En muchos casos el agua caliente sigue siendo extraída de una capa interior de la tierra.

Cenamos en Origin, un tradicional restaurante donde tomamos tofu, tempura, ternera de hiba y daiku (rabano gigante). Todo aliñado con sake. Perfecto para irse a dormir.