A lo
que sí que no renunciamos es al metro en hora punta. Son sólo dos
paradas pero el trayecto Sakae-Nagoya con mochilas a las 7 a.m. es
una aventura. Así que decido abandonar a Isma y acomodarme en mi
vagón de mujeres, menos concurrido.
La
estación de Nagoya no tiene descanso, cada tren mueve a cientos de
personas que desembarcan en la estación central y recorren los
pasillos a un ritmo rápido y uniforme, en un movimiento coordinado.
El
recorrido entre Nagoya y Takayama ocupa más de dos horas, es un
bonito trayecto por un valle entre montañas, junto al curso del río.
El camino con tan buenas vistas se hace distraído y conseguimos
aguantar sin dormir.
En
Takayama decidimos alquilar bicis para movernos. En Japón la
circulación es por la izquierda, así que se necesita una alta
concentración al pedalear o rápidamente nuestro subconsciente nos
hará saltarnos todas las normas del país. Un problema añadido es
que el tamaño de Isma no le permite encontrar fácilmente una bici
de alquiler. Tras visitar varias tiendas, decidimos conformarnos con
unas bicicletas aceptables para un día de recorrido.
El primer destino es el poblado de Hida No Sato. En este lugar se encuentran muchas de las antiguas casas de la región usadas como viviendas en la época Edo. Son características y únicas en Japón por su tejado en forma de V invertida, esto es debido a las fuertes nevadas que se dan en esta zona. Esta forma de tejado les da nombre a las casas, gassho zukuri, gassho significa manos juntas, en una expresión de rezo.
El
entorno es perfecto, las casas se sitúan alrededor de un pequeño
lago con cisnes y carpas.
En
este enclavamiento se intentaron reunir todas las casas que
sobrevivieron a periodos de guerras, incendios y terremotos. Por
último, la construcción de un pantano habría acabado
definitivamente con ellas. Para evitarlo las casas que quedaban en la
región fueron desmontadas y traídas aquí.
Las
viviendas son amplias, porque en ellas habitaban varias generaciones
de una misma familia. Debido a su forma tienen varias plantas. En la
planta baja estaba el fuego permanentemente encendido y alrededor de
éste tenía lugar toda la vida de la familia. El fuego secaba las
alimentos e hierbas, prevenía de insectos, reforzaba las vigas y
sobre todo, les calentaba. Eran viviendas cómodas para la vida
porque gran parte del año pasaban el día entero dentro. Las
siguientes plantas estaban destinadas al trabajo con la seda. Criaban
gusanos y con la seda obtenida realizaban utensilios y ropas.
El
paseo por el entorno se alarga porque en otoño se disfruta
especialmente del paisaje de colores, rojo, amarillo, verde.
Volvemos
a coger las bicis y atravesamos todo el pueblo. Paramos cinco minutos
para comer algo en una pastelería, tomamos una especie de pan
rodeado de un alga que pica mucho. ¡Qué malo está!
Llegamos
con el tiempo justo para visitar el teatro Karakuri, un arte que se
conserva desde el s. XVI. La actuación está a cargo de marionetas
mecánicas que son manejadas con hilos pero éstos no están a la
vista, así que es una especie de magia la que les permite moverse.
Los muñecos hacen acrobacias, luchan, bailan la danza del dragón o
escriben textos. Sus movimientos nos dejan con la boca abierta, más
aún si pensamos que este sistema se creó hace unos 500 años.
Nos
queda una tradición más que conocer, los Matsuris, o festivales.
Estos se dan por todo el país y los japoneses se vuelven locos
cuando llega la fecha del Matsuri de su ciudad. El festival de
Takayama es bastante importante, un conjunto de carrozas de los s.
XVI a XVIII, sale a las calles a celebrar las fiestas, la gente se
pone sus trajes de gala o de época y acompaña al festejo. Es un
festival de tradición donde se mezcla el shintoísmo, la religión,
con diversión. La decoración de las carrozas está muy cuidada,
detalles de oro, seres mitológicos, marionetas Karakuri y tambores.
Da pena no coincidir con alguna de estas celebraciones.
A la
salida del museo el sol se pone, son las 5 de la tarde. Los colores
del otoño con los últimos rayos del sol en el santuario Sakurayaga
Hichimangu dejan unas imágenes magníficas.
Esta
zona está repleta de templos, visitamos alguno más antes de que se
cierre la noche, en la zona de Higashiyama.
Pasamos
por el hotel para relajarnos en el Rotemburu, un baño de aguas
termales que se encuentra a la intemperie. Era costumbre en el
antiguo Japón utilizar los baños públicos como medio de relajarse
y también de conversar con desconocidos o amigos. El rotemburu del
hotel es la adaptación moderna de esta antigua costumbre. En muchos
casos el agua caliente sigue siendo extraída de una capa interior de
la tierra.
Cenamos
en Origin, un tradicional restaurante donde tomamos tofu, tempura,
ternera de hiba y daiku (rabano gigante). Todo aliñado con sake.
Perfecto para irse a dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
A ver lo que nos escribes, que te estamos viendo...