Estamos fundidos. Han sido casi dieciséis horas de viaje, pero al fin estamos en Tokyo. El avión se demoró en Roma dos horas más de la cuenta y llegamos a las ocho y media pasadas a Narita. Canjeamos los JRP, sacamos dinero -me trae cuenta hacerlo con la tarjeta antes que cambiar euros- y llegamos al hotel hacia las doce.
Tomo notas de algunas de las impresiones de Lur.
- Las casas están muy juntas las unas de las otras.
- Los japoneses son guapos, vamos, que no son feos. Y las japonesas son muy blancas (de hecho, son más blancas que Lur, que es más bien naranja)
- La habitación del ryokan no tiene armarios (mentira cochina, tiene uno estrecho y alargado en el que las perchas tienen que ir de lado)
- ¿Dónde está la ducha? ¿Por qué la alcachofa está fuera del plato? ¿Hay que sentarse en el cubito de madera? Preguntas típicas que todos los gaiyines nos hemos hecho alguna vez.
- Los primeros templos japoneses, en palabras textuales, son... Bonitos.
- Una palabra que defina el tiempo que hace en la capital tokyota: ¿eh? (En su descargo tengo que decir que el primer día estábamos los dos muy zombis)
- En el mercado de Ueno los japoneses hacen mucho ruído
- Los cuervos son enormes
- Los fideos, muy ricos y nutritivos. Llenan mucho y un plato solo es toda una comida.
La crónica detallada la hará Lur, que es muy detallista y anota direcciones y calles, así que yo seguiré anotando impresiones diversas. En este primer día, debido al retraso en la llegada, no hemos podido visitar Asakusa como estaba previsto, y en vez de eso hemos ido a Yanaka, área residencial de casas bajas de madera, verde y muchos pequeños templos. Nos hemos perdido por sus calles y después hemos bajado de vuelta al ryokan, donde hemos descansado un poco antes de bajar a la Ginza nocturna de calles iluminadas y rascacielos de neón. Hemos cenado bajo las vías del tren yakitori, brochetas a la plancha.
La única nota negativa del día es que la cámara aún no ha llegado; y no lo hará hasta el sábado. Pero por lo demás fue un día completo y tuve esperanza porque Lur acabó cansada. En los días siguientes, recuperada del jet lag, me demostró lo equivocado que estaba...