miércoles, 10 de octubre de 2012

Recién llegados



Estamos fundidos. Han sido casi dieciséis horas de viaje, pero al fin estamos en Tokyo. El avión se demoró en Roma dos horas más de la cuenta y llegamos a las ocho y media pasadas a Narita. Canjeamos los JRP, sacamos dinero -me trae cuenta hacerlo con la tarjeta antes que cambiar euros- y llegamos al hotel hacia las doce.

Tomo notas de algunas de las impresiones de Lur.

- Las casas están muy juntas las unas de las otras.
- Los japoneses son guapos, vamos, que no son feos. Y las japonesas son muy blancas (de hecho, son más blancas que Lur, que es más bien naranja)
- La habitación del ryokan no tiene armarios (mentira cochina, tiene uno estrecho y alargado en el que las perchas tienen que ir de lado)
- ¿Dónde está la ducha? ¿Por qué la alcachofa está fuera del plato? ¿Hay que sentarse en el cubito de madera? Preguntas típicas que todos los gaiyines nos hemos hecho alguna vez.
Los primeros templos japoneses, en palabras textuales, son... Bonitos.
Una palabra que defina el tiempo que hace en la capital tokyota: ¿eh? (En su descargo tengo que decir que el primer día estábamos los dos muy zombis)
- En el mercado de Ueno los japoneses hacen mucho ruído
- Los cuervos son enormes
- Los fideos, muy ricos y nutritivos. Llenan mucho y un plato solo es toda una comida.



La crónica detallada la hará Lur, que es muy detallista y anota direcciones y calles, así que yo seguiré anotando impresiones diversas. En este primer día, debido al retraso en la llegada, no hemos podido visitar Asakusa como estaba previsto, y en vez de eso hemos ido a Yanaka, área residencial de casas bajas de madera, verde y muchos pequeños templos. Nos hemos perdido por sus calles y después hemos bajado de vuelta al ryokan, donde hemos descansado un poco antes de bajar a la Ginza nocturna de calles iluminadas y rascacielos de neón. Hemos cenado bajo las vías del tren yakitori, brochetas a la plancha.

La única nota negativa del día es que la cámara aún no ha llegado; y no lo hará hasta el sábado. Pero por lo demás fue un día completo y tuve esperanza porque Lur acabó cansada. En los días siguientes, recuperada del jet lag, me demostró lo equivocado que estaba...



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LLEGADA Y TOMA DE CONTACTO

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Por fin comenzó este viaje que tanta ilusión nos hacía. 

 

Salimos de Madrid hacia Roma y de allí a Narita-Tokio. Todo fue bien en el viaje excepto un retraso de dos horas por problemas técnicos a la salida de Roma, cosa que no da mucha confianza. Al aeropuerto de Tokio llegamos sobre las 8:30h de la mañana de un día larguísimo que parecía no tener fin. Tras el típico papeleo de los aeropuertos nos pusimos rumbo al centro de la ciudad.

 

En el camino lo primero que me sorprendió es lo cubierto de vegetación que está la zona. Nos vamos acercando a la ciudad y los núcleos de población aumentan. Las construcciones llaman la atención, son casas de unas dos plantas, edificadas en estilos diferentes, sin seguir un orden o una línea y con una cercanía entre ellas que elimina toda posibilidad de intimidad. Puede haber un metro entre un balcón y la ventana del vecino de enfrente.

 

Por fin estamos en la gran capital, 12 M de habitantes y dos turistas recién llegados al barrio de Ueno. Pasamos por el hotel Edoya, nuestro alojamiento por cinco noches. Se trata de un riokan, hotel tradicional japonés, esto quiere decir que la estancia cuenta con dos habitaciones, mesa baja y sillas sin patas en una, se duerme en futones y el baño es del tipo que que usaban los ancestros.

 

Algo recuperados salimos del hotel a visitar el barrio de Ueno. Éste es un lugar peculiar dentro de Tokio, las calles que rodean las avenidas principales son muy estrechas, no tienen aceras, la gente camina a bastante velocidad en todas direcciones y por todas partes. Entre otros rasgos propios, este distrito cuenta con muchas tiendas típicas de mercado. En ellas los vendedores atraen a gritos a sus posibles víctimas pregonando la mercancía. Los viandantes, paran, miran, comparan y deciden sobre la marcha. Nosotros nos vemos rodeados por esa vorágine, pero la cara de extranjeros nos quita a los moscones vendedores de encima. Entre las adquisiciones más raras, podremos hacernos con peces, vivos (para comer), y otros secos (suponemos que para lo mismo!). También sepias, pulpos y otros seres marinos inclasificables cuelgan de cuerdas o ganchos o están envasados al vacío. El mercado ocupa los bajos de la estación de tren JR Ueno-Ocachimachi. Al otro lado las calles están llenas de restaurantes donde sí somos víctimas de algunos secuaces camareros. Finalmente optamos por un sitio poco turístico, lleno de japoneses que comen rápidamente sentados en una barra mirando a la pared de enfrente. Degustamos nuestros primeros platos del terreno, soba con miso, una placentera y energética comida para seguir la marcha.

 

La tarde la dedicamos a recorrer el parque de Ueno. Éste cuenta con templos budistas de relativa importancia: Benten-do, en la isla del lago Shinobazu, Tosho-gu, en reformas, flanqueado más de 100 farolillos de piedra y metal, Gojuno-to o pagoda de cinco plantas. El parque es agradable, y está lleno de gente del lugar. Salimos por la zona noroeste, donde vemos algo del cementerio de shogunes de Tokugawa, el primer lugar solitario que hemos encontrado. Su tempo, Kanei-ji, es sobrio y majestuoso. La única nota de color aquí la ponen los “baberos” rojos que llevan los pequeños budas. Éstos son una especie de ofrendas regaladas por sus fieles.

 

Tras el pequeño cementerio vamos a uno auténtico y en uso hasta mucho tiempo después, el cementerio de Yanaka. En éste están los restos del último Shogun Yokugawa, de la época en que el emperador Meiji retiró el poder a todos los shogunes allá por mitad del s. XIX. Las tumbas son de diferentes estilos, aunque todas usan grandes piedras donde suponemos que ponen el nombre y unos largos palos planos de madera con inscripciones.

 

El barrio de Yanaka conserva bastante de la esencia del antiguo Tokio. Éste fue concebido para albergar templos y además no fue destruido durante la SGM. Unido a que no hay turistas que abarroten las calles, Yanaka es un lugar estupendo para pasear. Su calle principal, Sansaki-zaka, está ocupada por pequeños templos donde se puede contemplar la vida que tienen. La religión es una parte importante en la vida de los japoneses y en lugares como éste se observa claramente.

 

Una pequeña obra en la calle nos llama la atención, hay diez trabajadores ocupados en ella. Cinco obreros realizan los trabajos mientras que otros cinco controlan que el tráfico sea lo más fluido posible, tanto para coches como para transeúntes. Una vez comprobado que nuestro avance es seguro, saludan, piden disculpas y dan las gracias, todo educación.

 

Para cenar nos dirigimos al barrio de Ginza, quizá el más chic de la ciudad. La mejor marca que se precie tiene que tener un edificio (sí, no vale con un local) en la avenida Arumi dori. Avalanchas de gente cruzan los pasos de cebra con el cambio de color de los semáforos. Hay que tener claro el destino o te llevan. La noche con tantos luminosos relucientes debe de dar una aspecto bien diferente del que se tiene de día. Paseamos hasta el pequeño Gozilla en Yuracucho y cenamos literalmente en los bajos de la estación Yuracucho, en esos locales que durante la época de la ocupación americana fueron creados para el entretenimiento de los soldados. Ahora son sitios algo insalubres pero con mucho encanto, donde se pueden comer carnes y verduras a la plancha, tori. Ejecutivos enchaquetados, turistas y jovenes tokiotas se mezclan formando una variopinta mezcla en un bar bastante decadente. 

 

El metro de vuelta al hotel está abarrotado, parece que las 10 de la noche es hora punta. Unos simpáticos señores entablan conversación con nosotros, nos cuentan que la gente sale de trabajar a esa hora. Ellos mismos se dirigían a un Karaoke! Para colmo uno de ellos comenta que había trabajado con Acerinox, casualidades de la vida.