LLEGADA Y TOMA DE CONTACTO
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Por fin comenzó este viaje que tanta
ilusión nos hacía.
Salimos de Madrid hacia Roma y de allí
a Narita-Tokio. Todo fue bien en el viaje excepto un retraso de dos
horas por problemas técnicos a la salida de Roma, cosa que no da
mucha confianza. Al aeropuerto de Tokio llegamos sobre las 8:30h de
la mañana de un día larguísimo que parecía no tener fin. Tras el
típico papeleo de los aeropuertos nos pusimos rumbo al centro de la
ciudad.
En el camino lo primero que me
sorprendió es lo cubierto de vegetación que está la zona. Nos
vamos acercando a la ciudad y los núcleos de población aumentan.
Las construcciones llaman la atención, son casas de unas dos
plantas, edificadas en estilos diferentes, sin seguir un orden o una
línea y con una cercanía entre ellas que elimina toda posibilidad
de intimidad. Puede haber un metro entre un balcón y la ventana del
vecino de enfrente.
Por fin estamos en la gran capital, 12
M de habitantes y dos turistas recién llegados al barrio de Ueno.
Pasamos por el hotel Edoya, nuestro alojamiento por cinco noches. Se
trata de un riokan, hotel tradicional japonés, esto quiere decir que
la estancia cuenta con dos habitaciones, mesa baja y sillas sin patas
en una, se duerme en futones y el baño es del tipo que que usaban
los ancestros.
Algo recuperados salimos del hotel a
visitar el barrio de Ueno. Éste es un lugar peculiar dentro de
Tokio, las calles que rodean las avenidas principales son muy
estrechas, no tienen aceras, la gente camina a bastante velocidad en
todas direcciones y por todas partes. Entre otros rasgos propios,
este distrito cuenta con muchas tiendas típicas de mercado. En ellas
los vendedores atraen a gritos a sus posibles víctimas pregonando la
mercancía. Los viandantes, paran, miran, comparan y deciden sobre la
marcha. Nosotros nos vemos rodeados por esa vorágine, pero la cara
de extranjeros nos quita a los moscones vendedores de encima. Entre
las adquisiciones más raras, podremos hacernos con peces, vivos
(para comer), y otros secos (suponemos que para lo mismo!). También
sepias, pulpos y otros seres marinos inclasificables cuelgan de
cuerdas o ganchos o están envasados al vacío. El mercado ocupa los
bajos de la estación de tren JR Ueno-Ocachimachi. Al otro lado las
calles están llenas de restaurantes donde sí somos víctimas de
algunos secuaces camareros. Finalmente optamos por un sitio poco
turístico, lleno de japoneses que comen rápidamente sentados en una
barra mirando a la pared de enfrente. Degustamos nuestros primeros
platos del terreno, soba con miso, una placentera y energética
comida para seguir la marcha.
La tarde la dedicamos a recorrer el
parque de Ueno. Éste cuenta con templos budistas de relativa
importancia: Benten-do, en la isla del lago Shinobazu, Tosho-gu, en
reformas, flanqueado más de 100 farolillos de piedra y metal,
Gojuno-to o pagoda de cinco plantas. El parque es agradable, y está
lleno de gente del lugar. Salimos por la zona noroeste, donde vemos
algo del cementerio de shogunes de Tokugawa, el primer lugar
solitario que hemos encontrado. Su tempo, Kanei-ji, es sobrio y
majestuoso. La única nota de color aquí la ponen los “baberos”
rojos que llevan los pequeños budas. Éstos son una especie de
ofrendas regaladas por sus fieles.
Tras el pequeño cementerio vamos a uno
auténtico y en uso hasta mucho tiempo después, el cementerio de
Yanaka. En éste están los restos del último Shogun Yokugawa, de la
época en que el emperador Meiji retiró el poder a todos los
shogunes allá por mitad del s. XIX. Las tumbas son de diferentes
estilos, aunque todas usan grandes piedras donde suponemos que ponen
el nombre y unos largos palos planos de madera con inscripciones.
El barrio de Yanaka conserva bastante
de la esencia del antiguo Tokio. Éste fue concebido para albergar
templos y además no fue destruido durante la SGM. Unido a que no hay
turistas que abarroten las calles, Yanaka es un lugar estupendo para
pasear. Su calle principal, Sansaki-zaka, está ocupada por pequeños
templos donde se puede contemplar la vida que tienen. La religión es
una parte importante en la vida de los japoneses y en lugares como
éste se observa claramente.
Una pequeña obra en la calle nos llama
la atención, hay diez trabajadores ocupados en ella. Cinco obreros
realizan los trabajos mientras que otros cinco controlan que el
tráfico sea lo más fluido posible, tanto para coches como para
transeúntes. Una vez comprobado que nuestro avance es seguro,
saludan, piden disculpas y dan las gracias, todo educación.
Para cenar nos dirigimos al barrio de
Ginza, quizá el más chic de la ciudad. La mejor marca que se precie
tiene que tener un edificio (sí, no vale con un local) en la avenida
Arumi dori. Avalanchas de gente cruzan los pasos de cebra con el
cambio de color de los semáforos. Hay que tener claro el destino o
te llevan. La noche con tantos luminosos relucientes debe de dar una
aspecto bien diferente del que se tiene de día. Paseamos hasta el
pequeño Gozilla en Yuracucho y cenamos literalmente en los bajos de
la estación Yuracucho, en esos locales que durante la época de la
ocupación americana fueron creados para el entretenimiento de los
soldados. Ahora son sitios algo insalubres pero con mucho encanto,
donde se pueden comer carnes y verduras a la plancha, tori.
Ejecutivos enchaquetados, turistas y jovenes tokiotas se mezclan
formando una variopinta mezcla en un bar bastante decadente.
El metro de vuelta al hotel está
abarrotado, parece que las 10 de la noche es hora punta. Unos
simpáticos señores entablan conversación con nosotros, nos cuentan
que la gente sale de trabajar a esa hora. Ellos mismos se dirigían a
un Karaoke! Para colmo uno de ellos comenta que había trabajado con
Acerinox, casualidades de la vida.
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