sábado, 27 de octubre de 2012

EMOCIONES FUERTES


Empezamos la mañana con un buen desayuno: té, café y un helado japonés. Qué cosas más raras comen aquí. Lo mejor es que está bueno.

Isma se marcha a pasear y yo entro al museo de la paz. Él ya ha pasado por aquí y piensa que aunque lo que cuentan es muy interesante, con verlo una vez es suficiente. Así que me dispongo a leer (en inglés) y conocer todo lo que pueda de la triste historia de Hiroshima.

La primera parte de la exposición nos sitúa en la época previa a la segunda guerra mundial. El museo no ahorra detalles sobre los enfrentamientos y guerras que Japón causó a sus vecinos Korea, China y Rusia. También se explican los motivos del lanzamiento de la bomba y la elección de la ciudad objetivo, que figura en documentos desclasificados de los aliados. A continuación hablan de la proliferación de armas nucleares en el mundo, su influencia en las guerras y planes de desarme. Posteriormente cuentan hasta qué punto la ciudad quedó devastada con la explosión de la bomba.



Además explican qué ocurrió en los meses y años posteriores, los movimientos surgidos para hacer resurgir la esperanza, los grupos de investigación que se crearon para estudiar las enfermedades...

La parte más dura me espera al final. Sin llegar al victimismo, nos cuentan las consecuencias inmediatas y a medio y largo plazo que sufrió la población civil. Para ilustrarlo, tenemos restos de objetos comunes y ropas, que fueron sometidos a las altas temperaturas (2.000-3.000ºC) debido a la explosión.


Nos explican que la población estaba preparada para un ataque aéreo y habían construido refugios. El día y noche anteriores al ataque la sirena que alertaba de un posible ataque no había parado de sonar. Por fin esa mañana paró y niños y mayores se dispusieron a ir a su destino, colegio o trabajo. Esto fue lo que hizo que el número de víctimas fuera tan elevado. No se sabe cuántas personas perecieron a causa de la bomba, sólo que a finales de 1945 había unos 140.000 muertos. Las enfermedades causadas por la radiación afloraron unos meses después y éstas atacaron especialmente a los que vivieron la bomba cuando eran niños. Sus efectos aún se mantienen.

Es muy difícil escuchar todo esto y no acabar con el corazón en un puño. Más aún, es imposible no convertirse en un pacifista tras este museo.


Por suerte tuve que hacer una parada en la visita porque teníamos que asistir al, ¡torneo de sumo!
En principio no sonaba muy interesante, pero Isma se empeñó... y tenía razón.
Imaginaba que se parecería a un torneo de boxeo que, sin conocerlo, ya sé que no me gusta.

El sumo es en su mayor parte una ceremonia. En ella los contrincantes miden sus fuerzas, se observan, se retan con los gestos, desafían al contrario a comenzar la lucha pero en último momento retiran las manos del suelo, mostrando el control sobre el contrario.

El torneo al que asistimos no era de los más importantes del país, más bien diría que era de segunda clase. Tanto mejor porque hubo actuaciones muy curiosas: aparecieron unos humoristas que simularon combates de sumo muy divertidos.

Después los luchadores nos deleitaron con unas canciones con voces de falsete.



Por último pasamos a la parte seria, donde nos presentaron a los contrincantes, entre ellos algunos occidentales.





Los combates son muy rápidos, normalmente no llegan a durar ni un minuto. A esto se le añade la parte previa, el desafío, la lucha gestual. Cuando comienza la pelea, se observan dos tácticas principales: hacer que el contrario pierda el equilibrio esquivándole y así que se salga del círculo o empujarle/cogerle en peso y sacarlo del círculo. El tema parece bastante sencillo, sí.


 Pues allí estuvimos viendo combates y apostando entre nosotros, por uno u otro luchador. Fue un rato muy divertido.


A la hora de salir pasó algo sorprendente, visto desde nuestra mentalidad española. Las puertas permanecieron cerradas, y no nos dejaban abandonar el pabellón. Todos los japoneses permanecieron callados y tranquilos durante los veinte minutos que nos retuvieron allí! Preguntamos a varios y sólo nos decían que había que esperar. ¡Qué paciencia!


Después de las actividades principales del día, museo de la paz y torneo de sumo, tocaba dar un paseo por el parque, ver las esculturas dedicadas a conseguir la paz, y un último vistazo al simbólico edificio.

 Recogemos las maletas y salimos en tranvía hacia el pequeño puerto que nos llevará a Miyajima. El trayecto en barco es corto, diez minutos. La pequeña isla es tan pacífica que no encontramos un sitio mejor en el que pudiéramos estar después de este día. Pero estos lugares tan tranquilos tienen horarios limitados, así que nuevamente toca correr para poder cenar. Pasamos por el Ryokan, dejamos las mochilas y vamos en busca de un viejo conocido de Ismael, el bar donde descubrió el Okonomiyake. Sí, una vez más.
 La señora que lo regenta nos recibe seria, parece un bar de gente local más que de turistas. Nos deja elegir un ingrediente de la comida, el resto está cerrado. Y allí que nos comimos nuestra estupenda pizza, un lujo de los dioses.

En la isla también volvemos a encontrarnos con nuestros amigos los ciervitos. Campan a sus anchas por toda la isla, como enviados de Dios. Pero en Mijayima son aparentemente mucho más pacíficos porque está terminantemente prohibido darles comida.


Hay una imagen que el emblema de Mijayima: el torii en el mar. Pertenece al templo Itsukushima. Cuando la marea está baja, el edificio y el torii están totalmente visibles, pero cuando sube, parecen edificios flotantes. Antiguamente, hablamos del s. VIII, los visitantes tenían que pasar en sus barcas bajo el torii y entrar al templo antes de pisar tierra, porque ésta era una isla santa.



La imagen del torii es muy evocadora. Iluminado y resplandeciente de noche, nos hace desear quedarnos aquí.

Volvemos a nuestro estupendo Ryokan, quizá el mejor del viaje.