Empezamos la mañana con un buen
desayuno: té, café y un helado japonés. Qué cosas más raras
comen aquí. Lo mejor es que está bueno.
Isma se marcha a pasear y yo entro al
museo de la paz. Él ya ha pasado por aquí y piensa que aunque lo
que cuentan es muy interesante, con verlo una vez es suficiente. Así
que me dispongo a leer (en inglés) y conocer todo lo que pueda de la
triste historia de Hiroshima.
La primera parte de la exposición nos
sitúa en la época previa a la segunda guerra mundial. El museo no
ahorra detalles sobre los enfrentamientos y guerras que Japón causó
a sus vecinos Korea, China y Rusia. También se explican los motivos
del lanzamiento de la bomba y la elección de la ciudad objetivo, que
figura en documentos desclasificados de los aliados. A continuación
hablan de la proliferación de armas nucleares en el mundo, su
influencia en las guerras y planes de desarme. Posteriormente
cuentan hasta qué punto la ciudad quedó devastada con la explosión
de la bomba.
Además explican qué ocurrió en los
meses y años posteriores, los movimientos surgidos para hacer
resurgir la esperanza, los grupos de investigación que se crearon
para estudiar las enfermedades...
La parte más dura me espera al final.
Sin llegar al victimismo, nos cuentan las consecuencias inmediatas y
a medio y largo plazo que sufrió la población civil. Para
ilustrarlo, tenemos restos de objetos comunes y ropas, que fueron
sometidos a las altas temperaturas (2.000-3.000ºC) debido a la
explosión.
Nos explican que la población estaba
preparada para un ataque aéreo y habían construido refugios. El día
y noche anteriores al ataque la sirena que alertaba de un posible
ataque no había parado de sonar. Por fin esa mañana paró y niños
y mayores se dispusieron a ir a su destino, colegio o trabajo. Esto
fue lo que hizo que el número de víctimas fuera tan elevado. No se
sabe cuántas personas perecieron a causa de la bomba, sólo que a
finales de 1945 había unos 140.000 muertos. Las enfermedades
causadas por la radiación afloraron unos meses después y éstas
atacaron especialmente a los que vivieron la bomba cuando eran niños.
Sus efectos aún se mantienen.
Es muy difícil escuchar todo esto y no
acabar con el corazón en un puño. Más aún, es imposible no
convertirse en un pacifista tras este museo.
Por suerte tuve que hacer una parada en
la visita porque teníamos que asistir al, ¡torneo de sumo!
En principio no sonaba muy interesante,
pero Isma se empeñó... y tenía razón.
Imaginaba que se parecería a un torneo
de boxeo que, sin conocerlo, ya sé que no me gusta.
El sumo es en su mayor parte una
ceremonia. En ella los contrincantes miden sus fuerzas, se observan,
se retan con los gestos, desafían al contrario a comenzar la lucha
pero en último momento retiran las manos del suelo, mostrando el
control sobre el contrario.
El torneo al que asistimos no era de
los más importantes del país, más bien diría que era de segunda
clase. Tanto mejor porque hubo actuaciones muy curiosas: aparecieron
unos humoristas que simularon combates de sumo muy divertidos.
Después los luchadores nos deleitaron
con unas canciones con voces de falsete.
Por último pasamos a la parte seria,
donde nos presentaron a los contrincantes, entre ellos algunos
occidentales.
Los combates son muy rápidos,
normalmente no llegan a durar ni un minuto. A esto se le añade la
parte previa, el desafío, la lucha gestual. Cuando comienza la
pelea, se observan dos tácticas principales: hacer que el contrario
pierda el equilibrio esquivándole y así que se salga del círculo o
empujarle/cogerle en peso y sacarlo del círculo. El tema parece
bastante sencillo, sí.
Pues allí estuvimos viendo combates y apostando entre nosotros, por uno u otro luchador. Fue un rato muy divertido.
A la hora de salir pasó algo sorprendente, visto desde nuestra mentalidad española. Las puertas permanecieron cerradas, y no nos dejaban abandonar el pabellón. Todos los japoneses permanecieron callados y tranquilos durante los veinte minutos que nos retuvieron allí! Preguntamos a varios y sólo nos decían que había que esperar. ¡Qué paciencia!
Después de las actividades principales
del día, museo de la paz y torneo de sumo, tocaba dar un paseo por
el parque, ver las esculturas dedicadas a conseguir la paz, y un
último vistazo al simbólico edificio.
Recogemos las maletas y salimos en tranvía hacia el pequeño puerto que nos llevará a Miyajima. El trayecto en barco es corto, diez minutos. La pequeña isla es tan pacífica que no encontramos un sitio mejor en el que pudiéramos estar después de este día. Pero estos lugares tan tranquilos tienen horarios limitados, así que nuevamente toca correr para poder cenar. Pasamos por el Ryokan, dejamos las mochilas y vamos en busca de un viejo conocido de Ismael, el bar donde descubrió el Okonomiyake. Sí, una vez más.
La señora que lo regenta nos recibe seria, parece un bar de gente local más que de turistas. Nos deja elegir un ingrediente de la comida, el resto está cerrado. Y allí que nos comimos nuestra estupenda pizza, un lujo de los dioses.
En la isla también volvemos a encontrarnos con nuestros amigos los ciervitos. Campan a sus anchas por toda la isla, como enviados de Dios. Pero en Mijayima son aparentemente mucho más pacíficos porque está terminantemente prohibido darles comida.
Hay una imagen que el emblema de
Mijayima: el torii en el mar. Pertenece al templo Itsukushima. Cuando
la marea está baja, el edificio y el torii están totalmente
visibles, pero cuando sube, parecen edificios flotantes.
Antiguamente, hablamos del s. VIII, los visitantes tenían que pasar
en sus barcas bajo el torii y entrar al templo antes de pisar tierra,
porque ésta era una isla santa.
La imagen del torii es muy evocadora.
Iluminado y resplandeciente de noche, nos hace desear quedarnos
aquí.
Volvemos a nuestro estupendo Ryokan,
quizá el mejor del viaje.
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