jueves, 18 de octubre de 2012

Mil tonos de verde

Abandonamos el ryokan, que nos ha gustado mucho, y de camino al parque Kenroku-en, pasamos por el mercado, donde compramos un pastel de pescado para desayunar. Nos hemos aficionado al te con leche de las máquinas expendedoras, hay que ver lo que nos han gustado.


Cruzamos los jardines del castillo de Kanazawa y entramos por una esquina al parque.

Según uno de los sabios de la tradición japonesa, es uno de los tres mejores jardines del país. Y a nuestro juicio, si no es el primero, miedo nos dan los que sí lo son.

El jardín es una interminable sucesión de sutilezas impecablemente dispuestas, de tonos de verde en mil y una formas, de caminos de grava que dirigen al visitante entre maravillas a ambos lados del camino. 

Vemos lámparas de piedra fundidas en el musgo, abrazadas a los árboles. 
Vemos puentes minúsculos, alargados y antiguos, que cruzan lagos de baja profundidad donde las rocas redondeadas se moldean con la corriente oxigenada. Vemos árboles alargados como dedos, extendidos como cometas, abrazados como amantes.




Y por encima de todo el verde omnipresente, coloreado aquí y allá por llamaradas de arce rojo.


Es muy difícil expresar en texto lo que supone ver en persona un lugar así. Es una obra de arte en movimiento, mantenida y cuidada por las infinitas atenciones de un ejército de jardineros y cuidadores. Y a pesar de ese perfecto orden, todos los elementos del jardín se mantienen en un aparente caos, un órden móvil si se prefiere, en el que la vista no puede abarcar todos sus detalles. Es una maravilla que corta la respiración y alimenta el espíritu.

Nos demoramos en el parque, como era de suponer, mucho más de lo esperado. Antes de salir de Kanazawa, sin embargo, paseamos un poco más por el barrio de los samurais, casas bajas en estilo tradicional.

El plan del día era la visita a los templos de la zona Este de Kyoto, pero la lluvia de ayer nos ha retrasado todos los planes. Tras llegar a la ciudad después de un rápido tránsito y de una comida bento, dejamos las cosas en el ryokan y caminamos hacia el Sanjugan-sendo. 



Apenas nos da tiempo a entrar y dar un rápido paseo por su larga sala en la que las mil y una imágenes de Kannon, la diosa budista de la piedad, observan el paso de los siglos. Para ser el primer templo que visitamos en Kyoto no está nada mal.

El resto de la tarde la empleamos en lavar la ropa en las máquinas del hotel -ya tocaba-y en dar un paseo por la céntrica calle Pontocho, extrañamente tranquila, para ser uno de los callejones con más renombre del centro. Cenamos en un estupendo okonomiyake; otro plato más que Lurdes descubre y que le encanta, como a mí. 


 Mañana recorreremos el Norte de Kyoto. ¡A descansar!