Según uno de los sabios de la
tradición japonesa, es uno de los tres mejores jardines del país. Y a nuestro juicio, si no es el
primero, miedo nos dan los que sí lo son.
El jardín es una interminable sucesión
de sutilezas impecablemente dispuestas, de tonos de verde en mil y una formas, de
caminos de grava que dirigen al visitante entre maravillas a ambos lados del camino.
Vemos lámparas de piedra fundidas en el musgo, abrazadas a los árboles.
Vemos puentes minúsculos, alargados y antiguos, que cruzan lagos de baja profundidad donde las rocas redondeadas se moldean con la corriente oxigenada. Vemos árboles alargados como dedos, extendidos como cometas, abrazados como amantes.
Y por encima de todo el verde omnipresente, coloreado aquí y allá por llamaradas de arce rojo.
Vemos puentes minúsculos, alargados y antiguos, que cruzan lagos de baja profundidad donde las rocas redondeadas se moldean con la corriente oxigenada. Vemos árboles alargados como dedos, extendidos como cometas, abrazados como amantes.
Y por encima de todo el verde omnipresente, coloreado aquí y allá por llamaradas de arce rojo.
Nos demoramos en el parque, como era de
suponer, mucho más de lo esperado. Antes de salir de Kanazawa, sin embargo,
paseamos un poco más por el barrio de los samurais, casas bajas en estilo tradicional.
El plan del día era la visita a los
templos de la zona Este de Kyoto, pero la lluvia de ayer nos ha retrasado todos los planes. Tras
llegar a la ciudad después de un rápido tránsito y de una comida bento, dejamos las
cosas en el ryokan y caminamos hacia el Sanjugan-sendo.
Apenas nos da tiempo a entrar y dar un rápido paseo por su larga sala en la que las mil y una imágenes de Kannon, la diosa budista de la piedad, observan el paso de los siglos. Para ser el primer templo que visitamos en Kyoto no está nada mal.
Apenas nos da tiempo a entrar y dar un rápido paseo por su larga sala en la que las mil y una imágenes de Kannon, la diosa budista de la piedad, observan el paso de los siglos. Para ser el primer templo que visitamos en Kyoto no está nada mal.
El resto de la tarde la empleamos en
lavar la ropa en las máquinas del hotel -ya tocaba-y en dar un paseo por la céntrica
calle Pontocho, extrañamente tranquila, para ser uno de los callejones con más renombre del
centro. Cenamos en un estupendo okonomiyake; otro plato más que Lurdes descubre y
que le encanta, como a mí.
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