La
vida empieza muy temprano en Japón, las ciudades tienen actividad
desde las 7 de la mañana (puede que incluso más temprano, eso no lo
sé), así que antes de dejar Takayama damos un último paseo por sus
calles. Frente al edificio de la prefectura, casa de gobernación
durante el periodo Edo (s. XVII-XIX), un mercado matutino ocupa la
plaza. Allí se venden flores, frutas, recuerdos, amuletos. Las
manzanas rojas están buenísimas!
Este
pueblo conserva casas antiguas en muy buen estado. Ahora son tiendas
u hogares particulares, que se pueden ver en varias calles del
pueblo. Estos negocios mantienen las tradiciones, ofrecen productos
típicos, venden una especie de encurtidos o las galletas de arroz de
la zona. En otros tiempos el arroz era la base de su alimentación y
también de su bebida. Como prueba, otro de los negocios que se sigue
manteniendo tras siglos: las destilerías de sake.
A
estas horas hay pocas tiendas abiertas, por las calles caminan
vecinos del lugar, típicos japoneses trajeados y niños que pedalean
por el pueblo a toda velocidad hacia el colegio.
Cogemos
el autobús con destino a Shirakawa-go. El camino es impresionante,
la naturaleza está en un momento único de colores, los tonos verdes
relucen. El camino es corto gracias a la nueva autovía que facilita
el acceso al pueblo. Parece ser que los vecinos no están muy
contentos con la avalancha de turista que llega ahora hasta allí. El
turismo no siempre trae mejoras a la comunidad.
En
Shirakawa encontramos un pueblo parecido a Hida No Sato con la
diferencia de que en éste las casas continúan habitadas, y fueron
construidas en el lugar que ocupan ahora. El pueblo es un pequeño
museo, muchas casas son patrimonio.
Visitamos dos de ellas para conocer cómo era la vida en esta zona. En este caso las viviendas pertenecían a familias importantes del lugar, como el médico o el señor, por ello los utensilios y objetos eran de buena calidad.
Desde un mirador contemplamos la vista del pueblo, entre campos de arroz, jardines japones, huertos con flores. La vista es relajante y nos lleva al Japón feudal, cuando estas construcciones fueron creadas. Sólo la cantidad de turistas nos devuelve a la realidad.
Visitamos dos de ellas para conocer cómo era la vida en esta zona. En este caso las viviendas pertenecían a familias importantes del lugar, como el médico o el señor, por ello los utensilios y objetos eran de buena calidad.
Desde un mirador contemplamos la vista del pueblo, entre campos de arroz, jardines japones, huertos con flores. La vista es relajante y nos lleva al Japón feudal, cuando estas construcciones fueron creadas. Sólo la cantidad de turistas nos devuelve a la realidad.
Entre
tanto turista hay que destacar un tipo: las excursiones de los
colegios. En cada sitio visitado hemos encontrado enormes grupos de
alumnos uniformados (esto incluye traje, corbata, mono, gorro, casco
o similar) visitando templos, poblados, haciendo senderismo,
desplazándose en el metro.
En
estas fechas se celebra el Matsuri en Shirakawa-go. Visitamos el
museo del festival donde nos cuentan en qué consiste: se hace una
recreación del baile del dragón, todo el pueblo participa, llevan
trajes típicos de otros tiempos, las carrozas animan con los
tambores la fiesta, y se prepara el sake.
Un
nuevo autobus nos lleva a Kanazawa. Aprovechamos el camino para tomar
la comida típica de viaje: vento. Esta vez consiste en saquitos de
arroz, fritos de pescado y pastel de calabaza y naranja.
En
Kanazawa llueve a mares. Llovió durante todo el camino y no mejora.
Con mucha fe arrancamos desde la estación al ryokan (hotel
tradicional japonés) y llegamos empapados. Como es típico que
llueva aquí, nos reciben como a héroes, os hacen mil reverencias,
nos secan con unas toallas y nos ponen un calentador en los zapatos
que los deja perfectos. ¡Qué maravilla!
Nuevamente
con mucha moral decidimos salir a pasear. Ya digo que en el hotel
están preparados y nos dan paraguas para salir.
Dejamos
la visita estrella de Kanazawa para el siguiente día, hoy
recorreremos el barrio de las gueishas, Machiya gai. Aunque nos
prometieron que el lugar tenía mucho encanto y el barrio era
bastante animado, la lluvia acabó con buena parte de la vida de la
zona. Sólo quedamos nosotros. Por suerte el encanto lo conserva, las
casas de la época, todas iguales de madera nos sitúan en ese
tiempo. Para más inri, una elegante mujer vestida con kimono sale de
una casa y corre hasta un coche que la espera. Parece ser que hemos
visto a una geisha!
Visitamos la casa de gueishas Shima, que se conserva tal como era. En la planta superior se encuentran los salones de los invitados y las salas donde las gueishas realizaban su actuación, bailaban, tocaban instrumentos.
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