jueves, 25 de octubre de 2012

EN LA OSCURIDAD DEL CEMENTERIO


Terrible, ¿verdad? El título se refiere a la última parte del día en Koya-san. Así que si quieres saber a qué nos referimos, tendrás que leer la crónica hasta el final.

Nuestro plan del día es, simplemente, salir desde Nara hasta el monte sagrado de Koya-san. Este trayecto es largo y sólo está cubierto parcialmente por nuestro JRP. Para futuras planificaciones, nos anotamos que es mejor hacer noche en Osaka y salir desde allí pues todas las rutas han de pasar necesariamente por la gran urbe.

Saliendo desde Nara tomamos varios trenes hasta que enganchamos con la línea que une Osaka con Koyasan. 

El paisaje es precioso, muy escarpado y con frecuentes pueblecitos incrustados en las laderas. 



El último tramo se realiza en un tren cremallera que asciende por una pronunciadísima ladera. Una vez arriba, aún queda un poco más, porque es obligatorio un autobus para salir de la estación hacia la zona de templos.



Antes de seguir conviene explicar un poco qué es lo que hace de Koya-san un lugar sagrado. En el siglo IX un monje, Kobo Daishi -Kukai para los amigos- peregrinó a China para aprender con los maestros budistas de la época, y a su vuelta fundó una de las sectas más importantes del budismo, la esotérica, llamada Shingon. Guiado por un lobo blanco y uno negro, encontró la montaña de Koya-san, rodeada por ocho picos, tantos como los venerados guardianes del budismo, y decidió instalar allí la sede de su templo.

La travesía en total nos duró unas cuatro horas, trasbordo arriba y abajo. Acarreamos nuestras maletas hasta el templo donde nos alojaremos; el Ekoin. Un monje que habla un perfecto inglés nos atiende y nos dirige a una de las habitaciones de la planta baja, en la esquina del jardín del templo. Las habitaciones son totalmente japonesas, con mamparas de papel y varios braseros para combatir el frío. Nos gusta.




Ya libres de las mochilas salimos a dar una vuelta. Todo son templos, muchos, alojando a otros viajeros como nosotros. Algunos tienen una historia fascinante que se remota a diez siglos atrás, como el Karukayado, en el que se narra la historia de un padre y un hijo que fueron monjes sin revelarse nunca su parentesco. 

En otros, las tradiciones hindúes y las budistas se mezclan en un gazpacho incomprensible para nosotros. 


Es un disfrute caminar por este lugar tan lleno de simbología, historia y espiritualidad. Los arces rojizos y dorados colorean además las viejas construcciones de madera sobre el marco verde de las montañas.



Aún tenemos tiempo de visitar un templo más, el Kongobuji, sede formal de los Shingon. En los paneles de las puertas correderas leemos sobre la peregrinación de Kukai, y nos deleitamos con un extenso jardín zen de piedras que surgen de la arena como los anillos de un dragón.








Volvemos a la carrera al templo. 

A las cuatro y media los monjes dirigen una sesión de meditación. Subimos hasta uno de los pabellones y tomamos asiento en unos cojines sobre las esteras. Según nos explican, se trata de controlar la respiración concentrándose sobre la letra A escrita en sánscrito; una especie de Pi gigante. Lurdes se duerme y yo aguanto lo que puedo sobre las piernas cruzadas; para sentarse así hay que tener un mínimo de flexibilidad y yo estoy varias magnitudes por debajo. Aun así, nos parece un ejercicio interesante, aunque sólo sea el primer pasito dentro de los complejos ejercicios de esta religión.

Lo siguiente es la cena, servida en nuestro cuarto. Vegetales no identificables y sopa de miso en abundancia. Comemos bien y más o menos quedamos llenos. Nunca habíamos comido en la habitación antes y nos gusta.


Después, una ducha y un baño en la bañera común antes de la siguiente actividad; uno de los monjes nos lleva hasta el antiquísimo cementerio y nos cuenta leyendas e historias del budismo y de sus tradiciones. 

El cementerio, por la noche, está iluminado por cientos de lámparas de piedra entre los viejos y altos cedros japoneses. Las tumbas se cuentan por centenares de miles. 






Al final del camino empedrado, un templo reverenciado. En él se supone que Kukai vive, en una meditación perpetua que lleva realizando mil doscientos años, que se dice pronto, por el bienestar de la humanidad.

Probablemente no sea cierto, pero en ese entorno, es lo de menos. La fe de los creyentes rodea el templo y su universo de estelas funerarias con una sólida e invisible fuerza.

Felices volvemos al templo. Hace frío. Nos abrigamos en nuestros futones y dormimos como benditos protegidos por el cálido abrazo del templo.