viernes, 26 de octubre de 2012

BUEN COMIENZO, BUEN FINAL


Despertamos a la seis de la mañana.


No nos queda otra, porque a las seis y media arranca la primera ceremonia de la mañana en el templo, a la que los huéspedes están invitados. La ceremonia consiste en oraciones por los ancestros; el Ekoin lleva realizando plegarias así durante siglos.

Nos sentamos en la oscuridad. Tres monjes comienzan a recitar sutras, tocando platillos y palos de madera intermitentemente.

En los ritos budistas todos los sonidos son resonantes y su eco se repite como las oraciones que se recitan. Es hipnótico. Los huéspedes japoneses realizan rezos durante la ceremonia, levantándose alternativamente para colocarse frente al altar y hacer una breve reverencia en el suelo antes de volver a su sitio. El resto observamos en silencio.


El siguiente ritual que observamos es el del fuego. Las llamas son purificadoras en el budismo y por eso se considera una buena forma de comenzar el día. El altar está ennegrecido y en él, un monje deposita tablillas, aceites y hierbas mientras las llamas brotan como una corona ardiente.



En este ritual es un tambor el que marca el ritmo. Todo es nuevo para nosotros, pero nunca demasiado alejado. Al fin y al cabo, son rituales que de una forma u otra lleva realizando nuestra especie desde que el mundo es mundo.

Finalizadas las dos ceremonias, volvemos a nuestro cuartito a desayunar, vegetales one more time, y a recorrer de nuevo las calles de Koyasan.



Nos quedaba del día anterior una visita al mayor complejo de templos, y le damos un último repaso.

















Los árboles del recinto tienen más de 400 años.




Tenemos tiempo para ver otro lugar importante, el complejo Danjo Garan. Este lugar fue el centro de la vida monástica del monte Koyasan, Kobo Daishi en persona proyectó sus edificios.





El mausoleo de los Tokugawa, por último, nos decepciona un poco.


Nos despedimos de Koya-san y volvemos al autobús para otro largo día de transportes, camino a nuestro destino más alejado; Hiroshima.

Para salir de Koyasan tenemos que hacer la misma peregrinación que sufrimos el día anterior en la llegada. El autobus nos sube desde el pueblo a la estación del tren cremallera haciendo allá por 100 curvas en 10 minutos. Llegamos mareados. El tren cremallera nos baja en cinco minutos a la estación principal, que en poco más de una hora nos dejará en Namba, el centro de Osaka, en un viaje desde el retiro espiritual al desenfreno de los sentidos. Pero no paramos aquí, seguimos camino al siguiente destino.



Como nos hemos retrasado en los planes, no pasaremos por Kobe como teníamos pensado. Lo cambiamos por una corta parada en Himeji para ver el mayor castillo de Japón.

Con las prisas cogemos un tren regional que tarda casi dos horas en llegar al destino. Al menos, conocemos a un encantador abuelo que nos consigue asiento a costa de echar a unos jóvenes de su sitio. También gracias a él adelantamos algo del tiempo perdido.

En Himeji podemos disfrutar de una visión velada del castillo. Lo sabíamos, la torre del homenaje está siendo restaurada y se encuentra cubierta. Así y todo queríamos pasear por sus jardines y observar las dependencias que están visibles. El blanco del castillo de Himeji reluce en la oscuridad de la noche.



Sus tejados curvos y a la altura a la que los edificios han sido construidos, sobre una base de piedra, nos hacen recordar otros castillos vistos (Matsumoto y Osaka).


Pero éste es diferente respecto a los otros porque nunca ha sido destruido. Ante nosotros contemplamos el castillo que edificó Hideyoshi, el gran unificador del país. Además se conserva casi al completo y podemos ver el gran tamaño que éstos tenían.

Dejamos el edificio y la ciudad, partimos hacia Hiroshima.

El tren rápido nos acerca en un rato a Hiroshima, ¡qué maravilla! Allí cogemos el tranvía al centro. Nuestro hotel no es un ryokan, sino un hotel occidental, una lástima. El trato es más frío aunque la cama es más cómoda. Otra diferencia son las vistas desde la habitación, estamos en una planta decimoprimera. Con todo, me quedo con el ryokan.

Salimos a buscar un sitio donde cenar. La primera impresión es que Hiroshima es una ciudad muy viva. Hay alegres bares en nuestro barrio que no parecen cerrar a las 9 de la noche. Buena señal. La ciudad es llana y mucha gente se mueve en bicicleta. Además estamos cerca del parque de la paz, una gran zona ajardinada.

En el primer local entramos y la enorme plancha nos dice lo que vamos a pedir, Okonomiyake. El menú para turistas no da otra opción y nosotros encantados. Como hoy no hemos comido, nos pensamos dar un homenaje. Caen dos pizzas más, en el recuento total del viaje. Un buen Okonomiyake tiene una base muy fina, como un crèpe y sobre ésta, una enorme cantidad de col, algo de jamón fresco, unos condimentos desconocidos y algún relleno (pulpo, gambas, ternera), una buena cantidad de noodles y un huevo como tapa.



Además, se añade cebolla verde japonesa y lista para comer. Como nos queda algo de hambre, pedimos lo mismo que comen nuestros vecinos de mesa, cosa no está bien vista en Japón. Después del apuro, salimos a pasear para bajar la cena.

Nos acercamos al parque de la paz, un lugar agradable. Pero al fondo una visión nos pone sobreaviso de que esta alegría será agridulce. El edificio símbolo de la bomba que cayó sobre Hiroshima se entrevé a lo lejos. Es el único edificio que se mantuvo semiderruido para dejar testimonio de lo ocurrido. De los pocos que quedaron la mayoría fueron demolidos. 


Nos vamos a dormir, mañana nos esperan nuevas emociones.