miércoles, 17 de octubre de 2012

LA VUELTA A LA CIVILIZACIÓN


La vida empieza muy temprano en Japón, las ciudades tienen actividad desde las 7 de la mañana (puede que incluso más temprano, eso no lo sé), así que antes de dejar Takayama damos un último paseo por sus calles. Frente al edificio de la prefectura, casa de gobernación durante el periodo Edo (s. XVII-XIX), un mercado matutino ocupa la plaza. Allí se venden flores, frutas, recuerdos, amuletos. Las manzanas rojas están buenísimas!

Este pueblo conserva casas antiguas en muy buen estado. Ahora son tiendas u hogares particulares, que se pueden ver en varias calles del pueblo. Estos negocios mantienen las tradiciones, ofrecen productos típicos, venden una especie de encurtidos o las galletas de arroz de la zona. En otros tiempos el arroz era la base de su alimentación y también de su bebida. Como prueba, otro de los negocios que se sigue manteniendo tras siglos: las destilerías de sake.


A estas horas hay pocas tiendas abiertas, por las calles caminan vecinos del lugar, típicos japoneses trajeados y niños que pedalean por el pueblo a toda velocidad hacia el colegio.

Cogemos el autobús con destino a Shirakawa-go. El camino es impresionante, la naturaleza está en un momento único de colores, los tonos verdes relucen. El camino es corto gracias a la nueva autovía que facilita el acceso al pueblo. Parece ser que los vecinos no están muy contentos con la avalancha de turista que llega ahora hasta allí. El turismo no siempre trae mejoras a la comunidad.

En Shirakawa encontramos un pueblo parecido a Hida No Sato con la diferencia de que en éste las casas continúan habitadas, y fueron construidas en el lugar que ocupan ahora. El pueblo es un pequeño museo, muchas casas son patrimonio.
Visitamos dos de ellas para conocer cómo era la vida en esta zona. En este caso las viviendas pertenecían a familias importantes del lugar, como el médico o el señor, por ello los utensilios y objetos eran de buena calidad. 


Desde un mirador contemplamos la vista del pueblo, entre campos de arroz, jardines japones, huertos con flores. La vista es relajante y nos lleva al Japón feudal, cuando estas construcciones fueron creadas. Sólo la cantidad de turistas nos devuelve a la realidad.

Entre tanto turista hay que destacar un tipo: las excursiones de los colegios. En cada sitio visitado hemos encontrado enormes grupos de alumnos uniformados (esto incluye traje, corbata, mono, gorro, casco o similar) visitando templos, poblados, haciendo senderismo, desplazándose en el metro.

En estas fechas se celebra el Matsuri en Shirakawa-go. Visitamos el museo del festival donde nos cuentan en qué consiste: se hace una recreación del baile del dragón, todo el pueblo participa, llevan trajes típicos de otros tiempos, las carrozas animan con los tambores la fiesta, y se prepara el sake.

Un nuevo autobus nos lleva a Kanazawa. Aprovechamos el camino para tomar la comida típica de viaje: vento. Esta vez consiste en saquitos de arroz, fritos de pescado y pastel de calabaza y naranja.

En Kanazawa llueve a mares. Llovió durante todo el camino y no mejora. Con mucha fe arrancamos desde la estación al ryokan (hotel tradicional japonés) y llegamos empapados. Como es típico que llueva aquí, nos reciben como a héroes, os hacen mil reverencias, nos secan con unas toallas y nos ponen un calentador en los zapatos que los deja perfectos. ¡Qué maravilla!

Nuevamente con mucha moral decidimos salir a pasear. Ya digo que en el hotel están preparados y nos dan paraguas para salir.
Dejamos la visita estrella de Kanazawa para el siguiente día, hoy recorreremos el barrio de las gueishas, Machiya gai. Aunque nos prometieron que el lugar tenía mucho encanto y el barrio era bastante animado, la lluvia acabó con buena parte de la vida de la zona. Sólo quedamos nosotros. Por suerte el encanto lo conserva, las casas de la época, todas iguales de madera nos sitúan en ese tiempo. Para más inri, una elegante mujer vestida con kimono sale de una casa y corre hasta un coche que la espera. Parece ser que hemos visto a una geisha!


Visitamos la casa de gueishas Shima, que se conserva tal como era. En la planta superior se encuentran los salones de los invitados y las salas donde las gueishas realizaban su actuación, bailaban, tocaban instrumentos.

Volvemos al centro buscando algún lugar abierto para comer. En el mercado Omicho hay locales interesantes. Entramos al primero que nos llama la atención, pedimos lo que nos dice el cocinero y todo está buenísimo! Tofu y kushiage: pinchos variados de carne, pescado y verduras. El sitio poco a poco se va llenando y llegan grupos, mayormente de hombres, que vienen directamente del trabajo, siempre visten el mismo traje y cargan con el mismo maletín, son todos iguales. Nosotros somos los únicos diferentes en este local. ¡qué curioso! Después de acabar empapados por segunda vez, una comida así es reponedora. Sólo nos falta dormir.