Nuestra hostelera habla un perfecto
inglés, vivió en los Estados Unidos. Además ha viajado bastante y
tratado con gente de otras culturas. Esto hace que sea una persona
abierta a hablar de muchos temas y contestar a preguntas que
violentarían a cualquier japonés. Así que nos lanzamos a hacerle
mil consultas sobre todo lo que hemos visto en estos 20 días y no
hemos entendido.
Salimos a pasear con bastantes dudas resueltas (nos dejamos algunas para mañana) y nos dirigimos a ver el gran torii en el agua. Nuevamente éste está inundado, la mejor vista que se pueda tener de él. Entramos al templo al que pertenece el torii, el Itsukushima.
Sus colores alegres y el lugar en el
que está emplazado, sobre el agua, hacen de éste un sitio muy
especial, único. Es un templo que cuenta con su propio embarcadero,
en el que recibían a todos los visitantes a la isla sagrada.
Entre las dependencias del templo, también hay un escenario de teatro Noh flotante. En éste se siguen representando obras, ¡qué experiencia ver teatro en un sitio así!
Recorremos el resto de la aldea, otros templos nos llaman la atención. En uno de ellos se conserva una escultura de Buda que el propio Kobo Daishi esculpió en el s. IX. Este hombre hizo de todo.
También nos da tiempo de probar el
producto del terreno: las ostras.
Otro templo nos llama la atención por el gran tamaño del pabellón, pero también porque está inacabado. Es el Senjokaku, encargado por Hideyosi en uno de los lugares más santos del país. Fue creado para ser una biblioteca donde almacenar los sutras. Los fondos destinados al templo tuvieron que ser desviados a otros menesteres y nunca se continuó su construcción.
En el centro del pueblo nos vemos
rodeados por turistas, elegimos un sitio rápidamente y comemos
antes de continuar la ruta.
Subimos al bonito parque Momijidani,
que es casi un bosque. Estamos rodeados por amistosos ciervos que nos
miran con desánimo. No esperan comida de nosotros así que no somos
de su interés. Los arces, que el resto del año pasan
desapercibidos, están de suerte este mes debido a los colores de sus
hojas.
Cogemos el telesférico para subir a la cima de Mijayima, el monte Misen. En el trayecto vemos la bahía, el contorno de nuestra isla, y al fondo, Hiroshima
Una ruta por la zona alta nos lleva a
nuevos templos, santuarios y sitios sagrados para el budismo y el
shintoismo.
En uno de éstos se encuentra un fuego que permanece encendido 1200 años, Kobo Daishi lo prendió. En la parte más alta del recorrido hay enormes piedras con propiedades curativas, adivinatorias y otras cualidades, que tanto gustan en Japón.
Y por encima, la magnífica vista de
toda la isla desde el pico.
En la bajada, que hacemos caminando,
encontramos un pequeño santuario shintoista aislado de la multitud,
en la ladera de la montaña. Dos torii se abren, por un lado, a un
pequeño pabellón, y por el otro a las imponentes alturas cubiertas
de neblina que se alzan sobre el mar entre las islas. El verde de los
árboles, la luz que entra impoluta, la roca agreste de la colina de
la isla sagrada, y la soledad iluminada por los rayos del sol; es el
escenario en el que la naturaleza se manifiesta, y sólo esperamos
ver a un ciervo blanco, enviado de los dioses, entrando por una de
las puertas anaranjadas. Podría ser uno de los sitios más
encantadores que hemos descubierto. Así que nos echamos sobre su
suelo a descansar.
La bajada es larga y nos lleva por una zona solitaria de bosque.
Al final un enorme templo nos espera, el Daishoin. Tenemos que suspender la visita porque llegó la hora de cierre, pero decidimos volver mañana, el templo parece valer la pena.
Una vez abajo y con todo el trabajo
hecho, buscamos un lugar donde descansar y tomar algo. Éste parece
ser el más duro cometido en Japón. Una vez se hace de noche los
turistas parten y los restaurantes cierran.
Tras recorrer todas las calles y
recovecos del pueblo, desistimos. Y aunque parezca increíble,
elegimos como cena Okonomiyaki, en el mismo bar de la noche anterior.
La señora nos mira al entrar con su
dureza típica, pero minutos después se reblandece al ver que otra
pareja del bar está encantada con nosotros. En concreto; fue la
chica la que no paraba de hablarnos en un incomprensible inglés,
mientras su pareja se moría de vergüenza y no paraba de disculparse
ante nosotros. Así que en este ambiente les contamos que era nuestra
luna de miel y ellos encantados! Y nos ganamos un fuerte aplauso para
los recién casados!
Con los estómagos llenos y una buena
sonrisa, nos despedimos de la noche en Miyajima.