Nos levantamos tarde para las
costumbres de aquí y salimos a buscar a pie algunos de los templos
de nuestro barrio (estación central).
El primero que vemos es el
Higashi-Honganji, un gran recinto con un enorme pabellón principal.
Algunos edificios quedan unidos por pasillos de madera, lo que lo
convierte en un lugar cálido. Por no tratarse de un sitio muy
turístico tenemos libertad para movernos y la posibilidad de ver a
los monjes en su vida diaria.
En este tenemos la suerte de presenciar
una ceremonia.
Aunque no acabamos de entenderla,
interpretamos que estamos asistiendo a un sepelio. Los familiares se
sitúan en la parte delantera, detrás de los monjes. Éstos recitan
mantras mientras que los familiares rinden homenaje al ser querido,
derramando incienso en una pequeña pira. Los cantos nos envuelven,
el sonido nos hace sentir ligeros, relajados, ingrávidos. Sólo
salimos del pabellón cuando los monjes acaban su oración, pero sus
voces siguen resonando bastante más tiempo en nuestra cabeza.
Último templo de la mañana: To-ji. Es
patrimonio de la humanidad, como tantos en esta ciudad (el 20% del
patrimonio de Japón se encuentra en Kioto). El lugar está alejado,
esperamos que valga la pena. Lo primero que llama la atención de
este complejo es su pagoda, de cinco pisos, la más alta de Japón.
Como siempre, no se conserva la original a causa del fuego. Pero su forma tan esbelta siempre nos llama la atención.
Como siempre, no se conserva la original a causa del fuego. Pero su forma tan esbelta siempre nos llama la atención.
Además se visitan dos edificios que
aportan algo bastante nuevo respecto a todo lo visto: las figuras de
Buda, Bodhishatvas y guardianes celestiales están colocadas formando
un mandala tridimensional. Qué cosas. Esto quiere decir que el
pabellón está ocupado por estatuas en un aparente desorden, pero
realmente forman una de esas figuras tan adoradas por los budistas.
Las esculturas son además de gran tamaño así que disfrutamos con
la mirada de paz de Budda y los enérgicos y terroríficos gestos de
sus guardianes.
Al llegar nos tomamos un riquísimo ramen. En las estaciones es donde mejor se come, por la gran afluencia de público y la frescura de los alimentos.
Las últimas horas en Kioto nos
llevarán a dos sitios más antes de que se ponga el sol. El primero,
el mercado Nishiki, un callejón lleno de tiendas, restaurantes,
turistas, autóctonos. Los olores, colores y sabores, todos se
muestran aquí. Pero después de los grandes mercados de Tsukiji u
Omicho, éste no aporta nada nuevo.
El último templo por ver es Shoren-in.
Sus pabellones están pintados con flores y alegres colores.
Su jardín es el motivo de que estemos allí.
Por suerte lo visitamos a solas, ya que es la hora de cerrar.
El lugar es especialmente bello durante la puesta del sol y alejados de tanto turista.
Dedicamos el resto de la tarde a pasear y disfrutar.
Por la zona de los templos de la parte alta de Gion, tomamos un té Sencha al más puro estilo japonés, en un acogedor jardín.
En la parte baja de Gion, zona de las
geishas, brindamos con un sake caliente (atsukan) en un gracioso
local. Charlamos con la chica que nos atiende, que habla un perfecto
inglés. Poco después nos confiesa que es de Taiwan. Ya nos
extrañaba que fuera japonesa.
Como cierre de estos estupendos días,
cenamos Okonomiyaki, por tercera vez. Hay que ver lo que nos gustan
las pizzas japonesas.