martes, 23 de octubre de 2012

ÚLTIMOS PASEOS BAJO LA LLUVIA

Nuestro último día en Kioto amanece lluvioso. Ya lo sabíamos así que hemos adelantado actividades para evitar un ajetreado día sufriendo el mal tiempo además.

Nos levantamos tarde para las costumbres de aquí y salimos a buscar a pie algunos de los templos de nuestro barrio (estación central).

El primero que vemos es el Higashi-Honganji, un gran recinto con un enorme pabellón principal. Algunos edificios quedan unidos por pasillos de madera, lo que lo convierte en un lugar cálido. Por no tratarse de un sitio muy turístico tenemos libertad para movernos y la posibilidad de ver a los monjes en su vida diaria.




A continuación llegamos a un templo patrimonio de la humanidad, situado justo a la espalda del anterior, el Nishi-Honganji. La historia de ambos está muy unida: el Nishi-Honganji pertenece a la secta Tierra Pura del Budismo, una de las más seguidas. En el s. XVI era tal su fuerza que el emperador Tokugawa pretendió debilitarles. Una de las formas fue construir un templo similar, de una nueva rama del budismo que sí estaba aprobada por él, éste fue el Higashi-Honganji. El recinto cuenta con bellos pabellones, las paredes parecen estar cubiertas de oro, las enormes lámparas iluminan todo el interior.





En este tenemos la suerte de presenciar una ceremonia.
Aunque no acabamos de entenderla, interpretamos que estamos asistiendo a un sepelio. Los familiares se sitúan en la parte delantera, detrás de los monjes. Éstos recitan mantras mientras que los familiares rinden homenaje al ser querido, derramando incienso en una pequeña pira. Los cantos nos envuelven, el sonido nos hace sentir ligeros, relajados, ingrávidos. Sólo salimos del pabellón cuando los monjes acaban su oración, pero sus voces siguen resonando bastante más tiempo en nuestra cabeza.

Último templo de la mañana: To-ji. Es patrimonio de la humanidad, como tantos en esta ciudad (el 20% del patrimonio de Japón se encuentra en Kioto). El lugar está alejado, esperamos que valga la pena. Lo primero que llama la atención de este complejo es su pagoda, de cinco pisos, la más alta de Japón.



Como siempre, no se conserva la original a causa del fuego. Pero su forma tan esbelta siempre nos llama la atención.
Además se visitan dos edificios que aportan algo bastante nuevo respecto a todo lo visto: las figuras de Buda, Bodhishatvas y guardianes celestiales están colocadas formando un mandala tridimensional. Qué cosas. Esto quiere decir que el pabellón está ocupado por estatuas en un aparente desorden, pero realmente forman una de esas figuras tan adoradas por los budistas. Las esculturas son además de gran tamaño así que disfrutamos con la mirada de paz de Budda y los enérgicos y terroríficos gestos de sus guardianes.



Vuelta a la estación, nuestro punto de referencia en esta ciudad.


Al llegar nos tomamos un riquísimo ramen. En las estaciones es donde mejor se come, por la gran afluencia de público y la frescura de los alimentos.

Las últimas horas en Kioto nos llevarán a dos sitios más antes de que se ponga el sol. El primero, el mercado Nishiki, un callejón lleno de tiendas, restaurantes, turistas, autóctonos. Los olores, colores y sabores, todos se muestran aquí. Pero después de los grandes mercados de Tsukiji u Omicho, éste no aporta nada nuevo.


El último templo por ver es Shoren-in. Sus pabellones están pintados con flores y alegres colores.



  Su jardín es el motivo de que estemos allí.
 Por suerte lo visitamos a solas, ya que es la hora de cerrar.
 El lugar es especialmente bello durante la puesta del sol y alejados de tanto turista.


Dedicamos el resto de la tarde a pasear y disfrutar.


Por la zona de los templos de la parte alta de Gion, tomamos un té Sencha al más puro estilo japonés, en un acogedor jardín.





En la parte baja de Gion, zona de las geishas, brindamos con un sake caliente (atsukan) en un gracioso local. Charlamos con la chica que nos atiende, que habla un perfecto inglés. Poco después nos confiesa que es de Taiwan. Ya nos extrañaba que fuera japonesa.

Como cierre de estos estupendos días, cenamos Okonomiyaki, por tercera vez. Hay que ver lo que nos gustan las pizzas japonesas.

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