lunes, 22 de octubre de 2012

LA HISTORIA CONTADA EN UNA FIESTA


Hoy nos espera un día muy especial, tras visitar sus museos y escuchar muchas historias de ellos, asistiremos a un Matsuri! Cada festival es diferente, aunque se generaliza con ese nombre. El de hoy es uno de los tres más importantes de Kioto, que no es decir poco!

La mañana comienza con una actividad relajada, un paseo por el monte en Fushimi Inari. Ésta es una colina sagrada para el shintoismo donde una familia construyó allá por el s. VIII un templo para honrar al Dios Inari de la agricultura y así bendecir sus cosechas de arroz.

El lugar pasó a ser frecuentado por campesinos que buscaban el favor del Dios. Más tarde, cuando el número de trabajadores de las tierras disminuyó, también fueron asiduos los comerciantes y trabajadores de otras profesiones.

Y no había mejor forma de honrar al Dios que dedicar un pequeño altar o construir un torii (puerta) en su nombre. El lugar se hizo famoso y ahora el monte está literalmente cubierto de toriis naranja que enmarcan el camino. En algunas zonas la separación entre éstos no supera los diez centímetros.

El punto de partida es un templo shintoista, formado por varios edificios, ya conocemos su forma, hemos visto muchos. 




 En éste hay un enorme caballo de madera, éste solía ser un regalo de los fieles al templo y a su Dios para conseguir la bendición.

 


El recorrido por el monte es realmente agradable, el camino de toriis marca la senda, hace imposaible perderse.

No sólo se encuentran altares, también cementerios, lagos, puentes, pequeñas iglesias, estatuas de zorros, y largas escaleras para facilitar las ascensiones.


El paseo dura más de hora y media pero es imposible llegar ni tan si quiera a la mitad del recorrido. Así que toca volver por el mismo camino y a toda velocidad para llegar a tiempo al centro de Kioto.

En el tren desde Fushimi conocimos a una nueva pareja de españoles. Parece ser verdad que Japón está de moda en nuestro país.

No perdemos mucho tiempo; cogemos un autobús hacia el centro que nos deja junto al palacio imperial.
Aunque sólo podemos ver los jardines, encontramos allí a la retaguardia del matsuri, esperando su turno para salir. Lo que nos permite regodearnos entre sus filas y acercarnos a los figurantes.






Para una persona que ha leído sobre la cultura japonesa, ha visto películas, documentales e incluso variado manga y anime, ver a los kyotenses vestidos de época con pleno colorido en kimonos y trajes ceremoniales es algo impagable. Visten con orgullo las ropas de sus antepasados y enseñan al mundo su antiquísima cultura. Robo la cámara a Lurdes y me dejo llevar por el baile de las edades japonesas, guerreros, cortesanas, mercaderes y nobles, palaquines y caballos, peinados y aderezos. Tal vez las imágenes hagan más justicia a lo que vimos en el Jidai Matsuri, el festival de las edades.






Ya en las calles de Kyoto volvemos a la cabecera y vemos desfilando, sucesivamente, a las tropas de la restauración Meiji, a los nobles Tokugawa, a los Daimyo previos a la unificación y aún más allá, a los ancestros de las edades Heian y Kamakura, con vestigios claros de la influencia china. Como digo, una estampa inolvidable.

















Con el corazón ligero nos despedimos y nos dirigimos al Kiyomizu-dera, el Templo del Agua Pura, pues mañana va a llover y hoy es el último día para ver su famoso atardecer en condiciones.

Comemos algo energético y rápido, como viene siendo costumbre, para que nos dé fuerzas y aguantemos la tarde. Nos paramos en un pequeño bar en el bonito parque Mayurama, el único sitio que tenía precios asequibles.

El recorrido desde el parque hasta el templo se vuelve una continua invitación a comprar. Decenas de tiendas acompañan el camino ofreciendo recuerdos, tés, encurtidos muy típicos aquí, dulces... Suerte que tenemos prisa por llegar al templo y no podemos pararnos.


Nos cruzamos con muchas chicas y algunos chicos que pasean vestidos con el kimono tradicional. Pensamos que los trajes han sido alquilados por un día, es una buena forma de profundizar algo más en la cultura de Japón.


Kiyomizu-dera está al final de una empinada cuesta en la parte más alta de la zona este de la ciudad. El templo es una auténtica fiesta a esta hora de la tarde. Estamos rodeados por cientos, quizá miles de turistas y locales, que vienen como nosotros a disfrutar del lugar. Pasamos al recinto junto con la gran avalancha de gentes. Por desgracia el lugar está en obras (los templos, al ser de madera, necesitan un mantenimiento periódico cada pocos años) así que sólo disfrutamos de uno de sus reclamos, la puesta de sol.


El conjunto de edificios además de estar en la ladera de un monte, fue construido sobre una estructura de madera, unos treinta metros elevada sobre el suelo. Parece ser que a los monjes también les gustaba ver ponerse el sol allá por el s. XIII.




El cielo nos deja unos estupendos colores sobre la ciudad de Kioto.






En los pequeños altares que pertenecen al Kiyomizu-dera hay mil pruebas que nos permitirán que la persona amada nos quiera. Decenas de jóvenes se entretienen en esta especie de parque atracciones participando en las tantas supersticiones y juegos propuestos.


Para finalizar, un manantial de agua sagrada nos curará todos los males. Curiosa relación ésta entre el misticismo y la religión barata.

Hemos cumplido con una buena parte de los objetivos fijados para Kioto, intentamos conseguir uno más pero éste queda fuera de nuestras posibilidades: comer kaiseki. Esta comida refinada fue creada para acompañar a la ceremonia del té, dicen que es un disfrute para los sentidos, un placer creado para dioses y un atraco a mano armada. Desistimos, nos conformamos pensando que no nos habría quitado el hambre y repetimos en nuestra mundana barra de sushi.

Descansamos estupendamente con el estómago lleno.

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