Terrible, ¿verdad? El título se
refiere a la última parte del día en Koya-san. Así que si quieres
saber a qué nos referimos, tendrás que leer la crónica hasta el
final.
Nuestro plan del día es, simplemente,
salir desde Nara hasta el monte sagrado de Koya-san. Este trayecto es
largo y sólo está cubierto parcialmente por nuestro JRP. Para
futuras planificaciones, nos anotamos que es mejor hacer noche en
Osaka y salir desde allí pues todas las rutas han de pasar
necesariamente por la gran urbe.
Saliendo desde Nara tomamos varios
trenes hasta que enganchamos con la línea que une Osaka con Koyasan.
El paisaje es precioso, muy escarpado y con frecuentes pueblecitos
incrustados en las laderas.
El último tramo se realiza en un tren
cremallera que asciende por una pronunciadísima ladera. Una vez
arriba, aún queda un poco más, porque es obligatorio un autobus
para salir de la estación hacia la zona de templos.
Antes de seguir conviene explicar un
poco qué es lo que hace de Koya-san un lugar sagrado. En el siglo IX un monje, Kobo Daishi -Kukai para los amigos- peregrinó
a China para aprender con los maestros budistas de la época, y a su
vuelta fundó una de las sectas más importantes del budismo, la
esotérica, llamada Shingon. Guiado por un lobo blanco y uno negro,
encontró la montaña de Koya-san, rodeada por ocho picos, tantos
como los venerados guardianes del budismo, y decidió instalar allí
la sede de su templo.
La travesía en total nos duró unas
cuatro horas, trasbordo arriba y abajo. Acarreamos nuestras maletas
hasta el templo donde nos alojaremos; el Ekoin. Un monje que habla un
perfecto inglés nos atiende y nos dirige a una de las habitaciones
de la planta baja, en la esquina del jardín del templo. Las
habitaciones son totalmente japonesas, con mamparas de papel y varios
braseros para combatir el frío. Nos gusta.
Ya libres de las mochilas salimos a dar
una vuelta. Todo son templos, muchos, alojando a otros viajeros como
nosotros. Algunos tienen una historia fascinante que se remota a diez
siglos atrás, como el Karukayado, en el que se narra la historia de
un padre y un hijo que fueron monjes sin revelarse nunca su
parentesco.
En otros, las tradiciones hindúes y las budistas se
mezclan en un gazpacho incomprensible para nosotros.
Es un disfrute
caminar por este lugar tan lleno de simbología, historia y
espiritualidad. Los arces rojizos y dorados colorean además las
viejas construcciones de madera sobre el marco verde de las montañas.
Aún tenemos tiempo de visitar un
templo más, el Kongobuji, sede formal de los Shingon. En los paneles
de las puertas correderas leemos sobre la peregrinación de Kukai, y
nos deleitamos con un extenso jardín zen de piedras que surgen de la
arena como los anillos de un dragón.
Volvemos a la carrera al templo.
A las
cuatro y media los monjes dirigen una sesión de meditación. Subimos
hasta uno de los pabellones y tomamos asiento en unos cojines sobre
las esteras. Según nos explican, se trata de controlar la
respiración concentrándose sobre la letra A escrita en sánscrito;
una especie de Pi gigante. Lurdes se duerme y yo aguanto lo que puedo
sobre las piernas cruzadas; para sentarse así hay que tener un
mínimo de flexibilidad y yo estoy varias magnitudes por debajo. Aun
así, nos parece un ejercicio interesante, aunque sólo sea el primer
pasito dentro de los complejos ejercicios de esta religión.
Lo siguiente es la cena, servida en
nuestro cuarto. Vegetales no identificables y sopa de miso en
abundancia. Comemos bien y más o menos quedamos llenos. Nunca
habíamos comido en la habitación antes y nos gusta.
Después, una
ducha y un baño en la bañera común antes de la siguiente
actividad; uno de los monjes nos lleva hasta el antiquísimo
cementerio y nos cuenta leyendas e historias del budismo y de sus
tradiciones.
El cementerio, por la noche, está iluminado por cientos
de lámparas de piedra entre los viejos y altos cedros japoneses. Las
tumbas se cuentan por centenares de miles.
Al final del camino
empedrado, un templo reverenciado. En él se supone que Kukai vive,
en una meditación perpetua que lleva realizando mil doscientos años,
que se dice pronto, por el bienestar de la humanidad.
Probablemente no sea cierto, pero en
ese entorno, es lo de menos. La fe de los creyentes rodea el templo y
su universo de estelas funerarias con una sólida e invisible fuerza.
Felices volvemos al templo. Hace frío.
Nos abrigamos en nuestros futones y dormimos como benditos protegidos
por el cálido abrazo del templo.
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