lunes, 15 de octubre de 2012

El castillo del cuervo

¡Hoy dejamos Tokyo! Nos levantamos temprano y salimos del ryokan Edoya. Hemos descubierto que es muy popular entre los españoles. Vamos con mucho tiempo para la estación, porque hay que cruzar Tokyo desde nuestra Ueno, en el Este, hasta la estación de Shinjuku, en el Oeste. El tránsito nos permite comprobar escenas de la conglomerada vida matutina de los tokyotas, y Lurdes disfruta de la visión de los corredores y espacios intermedios por los que torrentes humanos se entrecruzan en todas direcciones.

El shinkansen hacia Matsumoto es, como siempre, rápido y eficiente. El disponer de JRP es una gran ventaja. El camino no merece ninguna mención especial.

A la llegada de Matsumoto nos hacemos con unos planos y avanzamos hacia el castillo, el único punto reseñable de la ciudad. Está oculto tras unos edificios, y cuando por fin lo vemos, nos aturde con su belleza serena a pesar de su reducido tamaño, que yo esperaba mayor después de haber visitado el enorme de Himeji hace cuatro años. Le rodea un foso lleno de carpas y un puente rojo como las cerezas le da un toque de color.


A la entrada encontramos el servicio de guías gratuitos; hablamos con ellos y una señora muy simpática, Tamaki-san, se ofrece para acompañarnos. Estos guías son habitualmente personas mayores que aprovechan la oportunidad para hacer ejercicio, practicar idiomas y explicar la historia de su ciudad de la que se sienten orgullosos.

Tamaki-san nos guía a través de las seis plantas del castillo. Es una fortaleza en llano, que quiere decir que para protegerse se rodeaba de varios niveles de fosos concéntricos en los que se repartían sucesivamente el Daimyo, los samurais de alto rango, los de bajo rango y finalmente los mercaderes. El castillo sólo se usaba como refugio de emergencia en el caso de ataque. También había lugar para la belleza, y nos recreamos con el pabellón de observación de la luna, desde el que un samurai podía observar por triplicado el satélite blanco; en el cielo, en la imagen que devuelve el agua del foso y en el reflejo de las copas de sake.

Matsumoto no ofrece más así que Lurdes aprovecha para hacer una visita relámpago al museo de la ciudad antes de embarcarnos en el tren que nos lleva a Nagoya.

Llegamos de noche. En la misma estación de trenes podemos observar varios imponentes rascacielos. Nagoya tiene amplias avenidas y construcciones relativamente nuevas; fue un importante centro de producción de armamento durante la WW2 y por tanto duramente bombardeado, dejando espacio para una reconstrucción moderna. Desde la estación tomamos un metro a la moderna terminal de Sakae, con su futurista platillo volante. En la noche destaca como un auténtico faro de luz la antena de televisión, que contribuye a dibujar un paisaje de otro planeta.

Dejamos las cosas en el hotel y salimos a cenar. Por las calles cercanas al centro vemos otro aspecto de la noche japonesa, el de los trabajadores trajeados que buscan diversión tras la larguísima jornada de trabajo. El ambiente es curioso. Cenamos en una pequeña posta pollo a la parrilla y sake.


Para terminar el día, buscamos la imagen del castillo de Nagoya, que sólo podemos apreciar desde la lejanía. En sus alrededores, junto al foso, encontramos una serpiente que nos da un buen susto de buenas noches.


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