sábado, 13 de octubre de 2012

BARRIOS Y CULTURAS DE TOKIO



Al comenzar el día lo que más claro teníamos es que caminaríamos bastante y así fue. La ruta comenzó al salir del hotel, el primer objetivo era Akihabara, barrio que limita con Ueno, al sur de éste. Akihabara es la meca de los frikis tokiotas, y son tantos que tienen su propio nombre, Otakus. Allí se puede comprar lo último en tecnología, además de mucho material Anime. Lo dicho, todo lo que puede desear un buen friki. Pero por ser sábado y temprano en la mañana, las tiendas estaban cerradas y sólo estabamos nosotros y los adictos al Pachinco, unas maquinitas de juegos que tienen enganchado a un alto porcentaje de gente.




Dejamos Akihabara para la tarde y seguimos el paseo hacia el centro. Atravesamos el barrio de Kanda, zona tranquila en fin de semana, cuando sus universidades, hospital, y tiendas de música o libros están casi desiertos. Las avenidas anchas y edificios relativamente altos dan una idea de zona moderna sin más, sin el sello de Tokio.

Antes de entrar al recinto del palacio imperial nos acercamos a un polémico templo . En éste es venerado uno de los héroes de la guerra contra China, considerado por su país vecino como un criminal. Esto es motivo de muchas confrontaciones, más aún en el momento que estamos. El camino hasta el templo es un paseo por un parque que está ocupado por pequeños puestos de venta de segunda mano. Da la impresión de que los vendedores son personas comunes que venden objetos personales que ya no necesitan o de los que quieren deshacerse en este lugar.



Al recinto del palacio imperial se puede entrar por alguno de los muchos puentes que salvan el enorme foso que rodea por completo la zona. Al norte el primer edificio es el Budo-Kan, la sede mundial del judo. Fue construida para los juegos olímpicos de 1964.

Seguimos el paseo por el enorme parque y nos encontramos con una gran cola de gente de la que no se ve el fin. Para matar la curiosidad, preguntamos a un guardia que nos indica que es para “comprar ropa interior”. ¿qué moverá a la gente a hacer una cola de horas un sábado por la mañana para adquirir ropa interior? Hay que ser de aquí para entenderlo.  

Los jardines orientales del Palacio Imperial son los más bonitos de toda la zona. Abiertos al público, tienen restos de antiguas construcciones y flora típica de todas las partes del país. La estructura que queda en pie muestra que lo que allí hubo fue un auténtico castillo para la defensa y esto se ve en lo enrevesado de los caminos de acceso. Fue la fortaleza mejor protegida del mundo. Sólo con ver el foso da miedo de lanzarse al ataque. 

Nos dirigimos a presenciar uno de los grandes momentos del viaje, una representación de teatro Kabuki. Éste es un tipo de teatro clásico muy seguido en el país. Se representa con la vestimenta típicas tradicionales, kimonos, y el argumento tiene lugar en la época feudal, los escenarios son móviles y las obras muestran rasgos culturales que aún se mantienen. 


La historia no era fácil de seguir, al menos pudimos hacernos con unos pinganillos que narraban en inglés lo que pasaba en escena. La historia tiene pinceladas de otros autores de teatro clásico, como Lope de Vega o Shakespeare. Un pequeño es entregado por su padre, un ronin (samurais sin señor), a un comerciante como compensación por haber matado a su vasallo y de camino intentando buscar para su hijo una vida mejor. Al cabo de los años, éste se ha convertido en un buen hombre que tiene una esposa que le engaña y un suegra que intenta acabar con él. Tras sufrir un intento de asesinato debe de abandonar su tierra para protegerse. Aquí llevábamos hora y media de representación y faltaban otras 2h y media más. Decidimos renunciar al final o perderíamos todo el día allí. 
Sobre el público, nos resultaron muy curiosas varios detalles. Los asistentes van vestidos con sus mejores galas, muchas mujeres y algunos hombres iban con kimonos. En el descanso todo el mundo aprovechó para comer, en comedores en los vestíbulos del teatro o en la misma butaca del salón, éstos últimos llevaban su vento (fiambrera). Nosotros hacemos lo mismo y comemos en el teatro.



Tras el teatro damos un paseo alrededor del castillo del emperador. Cientos de personas corren por aquí, por suerte todas en la misma dirección, y es complicado caminar tranquilamente. 


Continuamos el paseo por el barrio de Marunoichi, lo que se considera el centro de la ciudad. Hordas de gentes nos pasan por todos los lados, el subsuelo de esta zona es un hormiguero de tiendas, bares. Tras 10 minutos decidimos abandonar, avanzar aquí es casi imposible. No quiero ni imaginarme un día de trabajo. El paseo por el barrio de la superficie tampoco deja nada especial que recordar. Edificios altos, calles anchas pero pocas señas particulares del lugar en el que estamos. La estación Tokio es fotografiada por todos los viandantes por su estilo europeo (copia de la de Amsterdam) pero para nosotros llama poco la atención. 

El paisaje se hace monótono hasta que nos cruzamos con la estación de Kanda y su “vida de barrio”. Nuevamente los bajos están ocupados por pequeñas tiendas y bares que nos llaman la atención. A poca distancia queda Akihabara.

La vida en este barrio ha cambiado completamente. Las calles repletas de gentes, luces de neón, edificios completos  que son tiendas de electrónica, videojuegos, cámaras y comics japoneses, anime. También están los bares temáticos, el más típico es uno donde las camareras son chicas vestidas de colegialas. Entramos en varias tiendas de electrónica y anime, el bullicio, las luces, el ruido, la gente, todo llama la atención pero también agota. El chico que cobra en una tienda va vestido de marciano, encaja perfectamente con el ambiente. 





Huímos a cenar a un lugar más tranquilo, un restaurante en Ueno que Isma ya frecuentó en su anterior viaje. Allí damos cuenta de sushi, soba y tofu. Una agradable cena. 

Para acabar el día intentamos ir a la torre de Tokio, en Akasaka. Atravesamos media ciudad en pocos minutos, por suerte la línea Yamanote nos lleva a todos sitios. Cuando llegamos la torre está cerrando, así que no podemos subir a contemplar la ciudad desde arriba. La Torre de Tokio es una copia de la torre Eiffel con algunos metros más de altura y pintada en colores rojo y blanco. De noche su iluminación cambia de color. 




Tras tantos barrios tenemos que ordenar las ideas y lugares y recordar dónde hemos estado.  





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