viernes, 12 de octubre de 2012

¡Kamakura!


El día de hoy nos lleva a esta pequeña ciudad al sur de Tokyo, una de las antiguas capitales junto a Nara, Kyoto y la propia Edo. Nos levantamos temprano para madrugar pues en las guías nos recomiendan llegar antes de las ocho y media y de las presumibles hordas turísticas. Kamakura es un destino de fácil acceso y reconocido valor histórico.

Por supuesto, eso quiere decir que tenemos que sumarnos al volumen humano de la hora punta tokyota. Lurdes se sorprende pero se lo pasa bien y yo con ella. El trayecto es corto y nos deja en una estación sencilla desde la que caminamos una media hora hacia el Daibatsu, el gran Buda, el segundo mayor de Japón. Mide unos once metros de alto y tiene a sus espaldas el verde de la montaña. Tiene una expresión pacífica a pesar de que ha sido testigo de la destrucción de los templos que lo alojaban en varias ocasiones. Ahora su faz tiene el cielo como techo.

El gran buda es uno de los símbolos más conocidos de la ciudad, pero esta también alberga más de cien templos. A los pies del gran buda, hacia el mar, caminamos hacia el Hase-Dera, con otro enorme buda dorado en su interior y cientos de pequeñas estatuas que representan y guían a los infantes muertos. La costumbre es adornarlos con gorritos, baberos y molinillos de colores.

Desde el Hase-Dera caminamos por un sendero forestal plagado de ardillas hacia la zona norte. Por el camino vemos más templos; el Zenierei-Bente, excavado en la roca y en el que es costumbre lavar el dinero en sus fuentes para hacer que se multiplique, o el Kuzuharaoka-Jinga, con sus estanques de tortugas, ruidosos cuervos y enormes arañas.

El camino nos ocupa casi dos horas hasta la estación norte. Allí nos esperan los templos más renombrados y visitamos un par de ellos antes de que las fuerzas nos abandonen. El Jochi-ji, con sus tres budas del pasado, presente y futuro, y su orondo dios de la felicidad al que hay que acariciar la barriga, tocar el dedo y tirar de las orejas para obtener su bendición. Un pacífico buda da la bienvenida al final de un pasillo de cerezos en el Tokei-ji, donde los hombres pierden el orgullo; este fue un convento donde las mujeres podían divorciarse de sus maridos, de otro modo casi imposible. Y finalmente, el gran complejo del Engaku-ji, conocido por poseer una poderosa reliquia, un diente de Buda. El ratoncito Pérez no está nada feliz. Este es quizás el más grande de los que hemos visto hasta ahora y vemos discípulos afanarse en sus tareas diarias mientras nosotros paseamos por sus pulcros caminos de piedra.

Después de la paliza, volvemos al centro de Kamakura para comer. Aún nos quedará por ver otro templo más por la tarde, el Tsurugaoka, al que accedemos esta vez desde las calles céntricas, agradables y tranquilas. Nos ha gustado mucho Kamakura pero hemos acabado agotados y a la vuelta sólo descansamos y dormimos.

P.D. Al final del día nos ha llegado la cámara esperada. ¡Ya podemos sacar fotos a diestro y siniestro!

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