jueves, 11 de octubre de 2012

LA VARIEDAD DE TOKIO

Empezamos el día con fuertes emociones: un buen desayuno japonés (delicioso), metro en hora punta (hay vagones especiales para chicas!) y el mercado de Tsukiji.

En éste está la mayor lonja de pescado de Asia (y del mundo, diría yo), además del mercado de vegetales. El mercado comienza su vida muy temprano con la subasta de atunes, a la que no llegamos. La lonja es un hervidero de gente, vendedores, compradores, mirones, todos se mueven entre estrechos pasillos. Compran, revisan, muestran, estorban, todo ocurre allí. Por si esto fuera poco, pequeños camiones mueven la carga entre puestos y secciones de los distintos departamentos del mercado. Ver como conducen los cochecitos entre tantos obstáculos es un sufrimiento inútil. No se chocan pero no es posible explicar cómo lo consiguen.
El mercado conserva un orden y limpieza que a simple vista parece no existir. Las cajas de corcho blanco se amontonan en cualquier lugar. El mercado está dividido en zonas de congelados, atunes y todo tipo de peces. Hay que ir muchas veces para entender algo más.

El mercado de verduras es un mar de calma cuando se viene de la lonja. Verduras de extraños tipos se amontonan en cajas. Los precios allí son bastante elevados. En otra parte del mercado se puede degustar el sushi más fresco de la ciudad y comprar todo tipo de objetos, en los puestos aledaños.

Abandonamos el mercado y nos refugiamos en la calma del parque Hama Rikyu. Son antiguos jardines del shogun en los que se dedicaba a cazar, montar a caballo o participar en la ceremonia del té. Lagos, puentes, delicadas construcciones y simbólicos árboles son sus protagonistas. Algunos árboles del lugar tienen 400 años. Pocas cosas han cambiado desde que el shogun dejó de ser su dueño, entre ellas, el paisaje de rascacielos que asoma tras los árboles, curiosa postal.

Cambiamos de tercio nos dirigimos al metro Shimbashi para lo que atravesamos el complejo Shiodomoe SIO-SITE, la esencia del Tokio moderno y cosmopolita. Este complejo aglutina tiendas de lujo, sedes de empresas, restaurantes, plazas. Es una moderna construcción de unas plantas abiertas al exterior, sobre las que se sitúan grandes rascacielos. Todos los que circulan por allí son elegantes personas de negocios, o al menos eso parecen. Cogemos el metro hasta Asakusa.

La primera imagen que vemos al llegar a Asakusa es la del río Sumida y los edificios al otro lado, en el barrio de Mukojima. Allí están el esbelto skytree y el criticado Super Dry Hall. Éste último intentaba imitar la espuma de la cerveza pero sus conciudadanos lo recalificaron como “caca”. Para muestra, un botón.

Asakusa es un barrio tradicional, obrero y esencialmente comercial. Se accede a través de la gran puerta Kaminarimon. Desde allí hasta la zona de templos una infinidad de puestos flanquean el camino. Dulces, recuerdos y té son los objetos más ofrecidos, al menos son los que más llamaron mi atención. Conseguimos salir de la calle con poco destrozo al bosillo y llegamos a la zona de templos. Uno de los más famosos de la ciudad está aquí, el templo Senso-ji. Se trata de un templo shintoista dedicado a la divinidad Kannon, aunque como vemos aquí el budismo y el shintoismo están muy mezclados y también hay Budas en todos los rincones. El rito es curioso, los creyentes lanzan monedas a un cajón y rezan y dan palmadas para atraer la atención de los dioses. A continuación a cambio de una ofrenda, zarandean un cilindro con toda la fuerzas hasta sacar un palito con una inscripción. Buscan el número obtenido en unos cajones y extraen un papel con un mensaje que indica su suerte o desgracia. Ésta tiene que ser aceptada como el destino de nuestras vidas.
El recinto está lleno de templos menores que rodean al principal. Uno de ellos, el Chigon-ji, está dedicado a los mapaches, animales muy queridos por los shintoistas.
Comemos en un sitio especializado en tempura, aunque la variedad era bastante dudosa (los platos eran tres y la diferencia entre ellos era la cantidad de piezas).
Tras la comida seguimos recorriendo el barrio. La parte de atrás del centro religioso aglutina locales de diversión. Allí acababan los monjes, peregrinos y samurais que llegaban a Asakusa con la excusa de visitar los templos. Locales de cine de todo tipo se encuentran en la calle Broadway. El barrio incluso creó un estilo propio de teatro, clasificado como serie B, aunque debe de ser mucho peor.

Otra curiosidad es el barrio Kappabashi, especializado en objetos de cocina. Kappa, ser mitológico japones (algo así como una tortuga inteligente que tiene  en la cabeza una cavidad llena de agua) ocupa todos los rincones y tiendas de las calles. Aquí se compran entre muchos objetos inimaginables, los modelos de plástico de los platos que sirven en los restaurantes, una gran ayuda para los turistas que no tenemos ni idea del idioma.
Para el final del dia hemos elegido el barrio de Odaiba, una isla artifial ganada al mar, parte de un gran complejo que debido a los costes quedó reducido a esta única isla.  Para llegar allí hay que coger el monorrail elevado que nos deja unas increibles vistas de una ciudad futurista y finalmente cruza por el puente Rainbow. En Odaiba abundan los centros comerciales, las distancias son inmensas, todo está creado con la idea de modernidad y amplitud que no se suele encontrar en los barrios antiguos. El centro comercial Venus Fort simula un pueblo italiano con su cielo, nubes y estrellas. Una vuelta por sus edificios nos deja agotados y aprovechamos para tomar ramen en el mejor lugar, el Museo del Ramen, con unas estupendas vistas de la bahía.

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