jueves, 1 de noviembre de 2012

VINO, SAKE, TÉ Y CAFÉ

Madrugamos. Nada nuevo. Japón está lleno de turistas madrugadores. Nos sumergimos en la estación de Ikebukuro para tomar el tren de las siete. En las escaleras, en lospasillos, en los tornos y en los andenes las muchedumbres de negro comienzan su maratoniana jornada diaria. Nosotros nos abrimos paso, nadando a veces a favor y a veces en contra de la corriente.

Desde la estación de Shimbashi cogemos el tren que nos saca de Tokyo. La parada intermedia es Odawara. Un nuevo cambio para salir de la línea JR nos lleva hasta el centro neurálgico de las comunicaciones en el área; Hakone-Yumoto. En su oficina de turismo compramos las entradas para el balneario -mucho más baratas que en el propio establecimiento- y un abono de autobus para recorrer la zona.

Es momento de otro transporte más. El autobús nos lleva zigzagueando por una carretera sinuosa hasta el centro de onsen de Yunessun. Entre pitos y flautas ya es pasada media mañana para cuando llegamos. Al entrar al balneario lo primero es descalzarse, y lo segundo, recibir una pulsera electrónica que servirá para abrir y cerrar las taquillas, alquilar toallas y albornoces y comprar comida y bebida.

Dejamos las ropa y nos adentramos en bañador en Yutopia. Y ahora se entenderá el porqué del título de esta entrada.


Todas las pozas se nutren del agua mineral del balneario, de propiedades benéficas, y se encuentran al aire libre en un entorno de bosque y cascadas.

Además del color, cada poza añade un aroma distintivo fácil de imaginar. A mí me encanta la piscina de sake y la de trigo.

Lur disfruta con el baño de carbón, pero sobre todo con el otro extremo del balneario, el área principal y más extensa; Yunessun. En ella encontramos una piscina de sal al estilo del Mar Muerto y que, efectivamente, sabe a rayos cuando toca la lengua.

También encontramos piscinas de frío y calor, un baño romano muy relajante -mucho- y una gran piscina cubierta con remolinos y burbujas por doquier llamada Dioses del Egeo.


Pero la preferida de Lur se encuentra fuera. ¡Toboganes!
En Noviembre, en bañador en mitad de las montañas, y jugando como niños con el agua.

El balneario arrastra horas de cansancio fuera de nuestros cuerpos y nos regeneramos. Pasamos la mayor parte del día a remojo y disfrutando. No encontramos mucha gente y podemos aprovecharlo todo, incluso algunas rarezas como la piscina de los peces limpiadores de piel o la cata de auténtico vino desde la poza del mismo elemento.
A media tarde devolvemos nuestras pulseras y salimos hechos unos flanes. 

Aún nos queda una última parada en Hakone, el lago Asashi, donde tenemos la fortuna de contemplar al gigante de Japón; el monte Fuji, nevado y perfecto. Una estampa para dejar en nuestro recuerdo.

La vuelta a Tokyo es algo más sencilla. En vez de parar en Ikebukuro, vamos a Kanda, y celebramos el buen viaje en un restaurante de okonomiyaki al estilo hiroshima donde nos damos un último festín.
A la salida caminamos, caminamos y caminamos, y con cada paso Tokyo se va difuminando en la noche y haciendo más nítida en nuestra memoria.




¡Adiós, noche tokyota! ¡Adiós, rascacielos y neones, ejecutivos y calles de color! ¡Bienvenidos a nuestro recuerdo!

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