Desde la estación de Shimbashi cogemos
el tren que nos saca de Tokyo. La parada intermedia es Odawara. Un
nuevo cambio para salir de la línea JR nos lleva hasta el centro
neurálgico de las comunicaciones en el área; Hakone-Yumoto. En su
oficina de turismo compramos las entradas para el balneario -mucho
más baratas que en el propio establecimiento- y un abono de autobus
para recorrer la zona.
Es momento de otro transporte más. El
autobús nos lleva zigzagueando por una carretera sinuosa hasta el
centro de onsen de Yunessun. Entre pitos y flautas ya es pasada media
mañana para cuando llegamos. Al entrar al balneario lo primero es
descalzarse, y lo segundo, recibir una pulsera electrónica que
servirá para abrir y cerrar las taquillas, alquilar toallas y
albornoces y comprar comida y bebida.
Dejamos las ropa y nos adentramos en
bañador en Yutopia. Y ahora se entenderá el porqué del título de
esta entrada.
Todas las pozas se nutren del agua
mineral del balneario, de propiedades benéficas, y se encuentran al
aire libre en un entorno de bosque y cascadas.
Además del color, cada poza añade un aroma distintivo fácil de imaginar. A mí me encanta la piscina de sake y la de trigo.
Lur disfruta con el baño de carbón, pero sobre todo con el otro extremo del balneario, el área principal y más extensa; Yunessun. En ella encontramos una piscina de sal al estilo del Mar Muerto y que, efectivamente, sabe a rayos cuando toca la lengua.
Además del color, cada poza añade un aroma distintivo fácil de imaginar. A mí me encanta la piscina de sake y la de trigo.
Lur disfruta con el baño de carbón, pero sobre todo con el otro extremo del balneario, el área principal y más extensa; Yunessun. En ella encontramos una piscina de sal al estilo del Mar Muerto y que, efectivamente, sabe a rayos cuando toca la lengua.
También encontramos piscinas de frío
y calor, un baño romano muy relajante -mucho- y una gran piscina
cubierta con remolinos y burbujas por doquier llamada Dioses del
Egeo.
Pero la preferida de Lur se encuentra
fuera. ¡Toboganes!
En Noviembre, en bañador en mitad de las montañas, y jugando como niños con el agua.
En Noviembre, en bañador en mitad de las montañas, y jugando como niños con el agua.
El balneario arrastra horas de
cansancio fuera de nuestros cuerpos y nos regeneramos. Pasamos la
mayor parte del día a remojo y disfrutando. No encontramos mucha
gente y podemos aprovecharlo todo, incluso algunas rarezas como la
piscina de los peces limpiadores de piel o la cata de auténtico vino
desde la poza del mismo elemento.
A media tarde devolvemos nuestras
pulseras y salimos hechos unos flanes.
Aún nos queda una última parada en Hakone, el lago Asashi, donde tenemos la fortuna de contemplar al gigante de Japón; el monte Fuji, nevado y perfecto. Una estampa para dejar en nuestro recuerdo.
La vuelta a Tokyo es algo más
sencilla. En vez de parar en Ikebukuro, vamos a Kanda, y celebramos
el buen viaje en un restaurante de okonomiyaki al estilo hiroshima
donde nos damos un último festín.
A la salida caminamos, caminamos y caminamos, y con cada paso Tokyo se va difuminando en la noche y haciendo más nítida en nuestra memoria.
¡Adiós, noche tokyota! ¡Adiós, rascacielos y neones, ejecutivos y calles de color! ¡Bienvenidos a nuestro recuerdo!
A la salida caminamos, caminamos y caminamos, y con cada paso Tokyo se va difuminando en la noche y haciendo más nítida en nuestra memoria.
¡Adiós, noche tokyota! ¡Adiós, rascacielos y neones, ejecutivos y calles de color! ¡Bienvenidos a nuestro recuerdo!
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