miércoles, 31 de octubre de 2012

MI VECINO TOTORO SE ATORA EN EL MUSEO VECINO


Y así fue, en verdad os digo. Este día fuimos a visitar el museo Ghibli, al este de Shinjuku, hacia el infinito y más allá.

Para los no frikizados, el museo Ghibli es el estudio de animación de películas tan influyentes en el mundo moderno como El castillo ambulante o el sudodicho Mi vecino Totoro. Son películas de animación que mezclan tradición japonesa, occidental y personajes entrañables. El museo, en realidad, no lo es tal, en el sentido de que no hay obras expuestas, sino que el edificio en sí es una especie de homenaje en tres dimensiones a la obra e inspiración de sus creadores.

No nos levantamos demasiado temprano esta vez. Bajamos en una parada anterior a la del museo para poder caminar por un tranquilo estanque. 

Después de tantos otros jardines impolutos e intocables, encontramos el pequeño lago tranquilo y humano. 


Tras una pequeña caminata llegamos a la casa museo, y la primera impresión es muy buena. 


Las formas redondeadas, el patio interior luminoso y cuidado, en madera y estilo clásico europeo, y las pinceladas de las obras del estudio transmiten calidez y cercanía. 

Incluso las vidrieras están hechas a mano representando diversas escenas de las películas.




 La entrada permite el pase a un corto de animación exclusivo del museo. Diez minutos en los que dejamos volar la imaginación con la historia de Baba Yaga -la bruja tradicional rusa-, de una masa de pan andante y de un huevo que cobra vida.

Tema repetido en algunas de las historias del estudio, el del gigante bueno que trasciende su estado y escapa de la entrañable tiranía de la extravagante bruja. Tras el corto, disfrutamos con la planta baja del museo y sus objetos cinematográficos. 
Pero la primera planta y la última nos decepcionan; en la primera, la exposición se centra en los objetos de inspiración, mayormente europeos, y en la última una tienda abarrotada nos agobia y nos incomoda. En el techo del edificio, un robot de varios metros de altura nos proporciona una foto para el recuerdo.



Poco más podemos contar del museo. Salimos con ganas de relajarnos después del baño de multitudes. De camino de vuelta paramos en Nakano y nos tomamos en su larguísima galería comercial un maravilloso ramen. 

Nos encanta ver a los cocineros hervir los ingredientes y mezclar con soltura fideos y sopa, verduras y filetes.


Tras la opípara comida nos damos una vuelta por el centro comercial, repleto de objetos y juegos de coleccionista; clicks de playmobil, figuras anticuadas de godzilla, robots gigantes y miles y millones de estampitas, muñecos diminutos, carteles y más, y más.


Por la tarde recorremos el concurrido barrio de Shibuya, parece que no hemos tenido suficientes aglomeraciones en el museo. Hoy es Halloween. Si unimos que los tokiotas no tienen reparos en vestirse de forma estrafalaria cualquier día del año a que hoy es la gran noche de los disfraces, diremos que nos encontramos en el mejor sitio del mundo. La noche de Halloween es una excusa para vestir de cualquier cosa, como muestra, un botón.









Y ya que la noche se animaba, también se animó Isma.

Recorrimos la larga distancia entre Shibuya y Roppongi y en el paseo disfrutamos de la fiesta de la gente.


En Roppongi Hills visitamos sus distintos edificios y acabamos tomando un refresco en un bar lleno de trabajadores de la zona.








Para acabar, cenamos en la zona, en un restaurante situado en la planta séptima de un edificio en el cruce de Roppongi. En el reservado que nos dieron, cocinamos Shabu-shabu con buen resultado.



El paseo de vuelta nos dejó agotados así que dormimos estupendamente.



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